¿Se ha preguntado usted qué es el amor? Diótima, sacerdotisa y maestra de Sócrates, decía que el amor es la sublimación de los sentidos. Es decir, que para enamorarse es necesaria la intervención de las sensaciones, se requiere primero el estímulo que llega por los sentidos, el tacto, la vista, el oído o el olfato, y que estos datos se unan en un solo objeto, en la persona especial.

La experiencia nos dice que el amor ofrece al ser humano las más intensas vivencias placenteras, estableciendo, en suma, el prototipo de toda felicidad. Pero nadie ama con tanta pasión, con total intensidad y con absoluto abandono de la realidad como los adolescentes. Y es característico que en determinado momento (en la fase que en el desarrollo del adolescente se llama de afección), se enamoren con fuerza ciega y con la tendencia al acontecimiento extremo, porque las circunstancias dramáticas intensifican el amor pasional, cuyo mejor ejemplo lo da el llamado “Efecto de Romeo y Julieta”. Ambos adolescentes vieron en el amor el objeto único de su vida, contra la oposición de sus familias.

Cuando los padres quieren cortar una relación romántica entre sus hijos sólo reafirman el efecto contrario: la presión externa fortalece los sentimientos mutuos. Cuanto más dramáticas son las circunstancias, tanto más intensos los sentimientos amorosos. Y esto es algo que se puede demostrar incluso experimentalmente. Los adolescentes buscan sensaciones fuertes, porque están cazando fuentes de excitación neural. Esta búsqueda alcanza su máxima expresión alrededor de los 15 años. Pero no solamente buscan con ansiedad sensaciones peligrosas: se incrementa mucho la curiosidad, aunque ésta es más intensa a nivel de sensaciones que los mueve a descubrir experiencias novedosas fuera de su ámbito de seguridad, más allá de los límites familiares, en terrenos nuevos e inexplorados, como son los referentes al amor, a la sexualidad.

En la adolescencia, el cerebro alcanza la sensibilidad máxima a la dopamina, que es un neurotransmisor que prepara y activa los circuitos de recompensa y favorece el aprendizaje de patrones y la toma de decisiones. El adolescente aprende rápido lo que le agrada y es más sensible que nunca a las recompensas, fundamentalmente a las mas placenteras, presentando reacciones entusiastas o trágicas, tanto al éxito como al fracaso.

No solamente la dopamina le da esta sensibilidad exagerada. También la oxitocina, otra hormona neural hace que las conexiones sociales sean muy gratificantes. Nunca como en esa edad los seres humanos tendrán amigos y disfrutarán las relaciones interpersonales, pudiéndose enamorar de manera rápida e intensa si su objeto de amor se lo permite, aun cuando sea evidentemente inadecuado.

Es por ello que en los adolescentes llama la atención que el aumento de sus sentimientos amorosos muy a menudo parta de emociones conflictivas, como el miedo o el estrés. Pero también pueden actuar como elíxir de amor los deseos de aventura o la excitación emocional de las competiciones deportivas.

Con el adolescente, podría dar la impresión de que los padres influyen muy poco en su vida amorosa. Nada más lejos de la verdad. Las investigaciones actuales revelan que los hijos que recuerdan la unión con sus padres como segura y protectora viven de adultos sus relaciones amorosas con más intimidad y mayor satisfacción sexual. Si, por lo contrario, la relación con los padres fue distante y de poca confianza, también las posteriores relaciones románticas manifestarán escasa proximidad emocional y poco compromiso mutuo. La semilla del amor siempre germina, pero la adolescencia es la tierra más fértil del mundo y, con poca información y tantas ganas, el embarazo adolescente es una amenaza real.
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