Viene ya el Día de Muertos y vamos a ver grandes manifestaciones de sentimiento hacia ellos Lo celebramos porque le tenemos miedo a la muerte. Hacemos chistes sobre ella para disminuir la angustia que nos causa, el temor que nos infunde. Nada hay mas seguro en esta vida que la muerte. La celebramos porque queremos congraciarnos con ella. La muerte la hemos representado con características humanas, la hemos fabricado como un personaje. Pero en realidad es una parte de la vida, la parte final de resolución biológica de la existencia.

Es importante para nosotros porque ignoramos todo de ella, porque no sabemos lo que sigue más allá, y nuestro deseo es seguir viviendo. En este sentido, la mayor parte de los suicidas no se matan para dejar de vivir, sino para vivir mejor en una vida diferente. También le tememos porque se lleva los seres que amamos, porque nos corta afectos, porque nos deja solos en un mundo en el que mientras más vivimos, mas sentimos la soledad. Y además porque creemos que la muerte es el dolor supremo.

Sentimos miedo a la muerte como sentimos miedo a lo desconocido. Para bajar la angustia de lo desconocido hemos hecho muchas hipótesis sobre el paso siguiente a la vida. Pero en el fondo siempre está la angustia de la separación. Creemos que es el dolor supremo porque no conocemos realmente lo que es la muerte. Tememos algo que no conocemos porque nunca nos hemos muerto, ni nadie ha vuelto para contar como se siente. En las experiencias cercanas a la muerte se reportan túneles de luz o levitación como principales fenómenos, pero tienen explicación neurofisiológica (en función de las endorfinas) y no solamente se experimentan en esos casos.

El culto funerario, como el que realizamos el 2 de noviembre, es un conjunto de prácticas ceremoniales que se asocia a la despedida y a la conservación del recuerdo de los difuntos En todas las culturas la gente se ocupa ritualmente de sus cadáveres: Ocuparse del cuerpo, limpiarlo, vestirlo y disponerlo para que sea visto, es una forma de rendirle homenaje como también lo es depositar ofrendas en forma de flores o alimentos y rezar junto a la tumba. Y es un modo de impedir que su espíritu se quede a rondar entre los vivos. La función esencial de los rituales mortuorios es ofrecer un simbolismo social y emocional donde vivir las transformaciones, donde ordenar los cambios y facilitarlos a través de esos símbolos que ayudan a superar la angustia del abandono de la vida.

Cada cultura tiene sus propias ceremonias de despedida de los muertos. El miedo a la muerte y el dolor por la pérdida son universales, pero la manifestación de dichas emociones varía de un lugar a otro. En algunos se cubrían el cuerpo de ceniza para expresar el dolor; en otros se contrataban plañideras para mejor mostrarlo; otros más celebran la partida con sonrisas, bromas, fiestas y comida. En las culturas de tradición cristiana, el culto ha sido llenado de elementos religiosos. A lo largo del siglo XIX el cementerio, alejándose de las iglesias inició su proceso de secularización; sin embargo el ritual no se transformó hasta bien superada la segunda mitad del XX. Actualmente el ritual de depositar el cadáver en tierra ha ido perdiendo terreno por el de recibirlo en cenizas

El sentimiento por la muerte ha ido cambiando a lo largo del tiempo. La muerte súbita es estadísticamente la más deseable, porque carece de periodo transitorio y es considerada como la más económica, en términos de gasto social. Pero hasta fechas recientes el deceso repentino era considerado como lo más temible porque no daba el tiempo necesario para los arreglos terrenales (testamentos) y para la reconciliación emocional (despedidas emotivas que permitían un final en paz y estaban cargadas de recomendaciones a los jóvenes para un vivir mejor).

Seguir la tradición del culto a la muerte es muy educativo para las nuevas generaciones. Es la enseñanza a nuestros hijos de nuestros propios rituales, necesarios para poder convivir con la idea del final necesario. Es enseñarles a reflexionar sobre el momento de partir, del duelo y el luto, que nos acerca a entendimientos más profundos de la realidad circundante y nos prepara para el manejo de la angustia que, esa sí, no nos deja vivir en paz.