Como haya sido, Jorge le quitó la improvisada arma, le pegó con él, la amarró con unos cables y con ellos la ahorcó. El ahora presunto homicida dice que ya estaba cansado de que ella golpeara a sus hijos y a él, y que por eso le dio muerte. Aun cuando declaró que su mujer era muy agresiva y que además ya en tres ocasiones se había ido con otros hombres, no fue un ataque de celos lo que lo motivó. Una vez que le hubo quitado la vida, le cubrió la cabeza con una bolsa de plástico, para ya no ver su expresión de enojo que pudiera provocarle pesadillas, y fue a tirar su cadáver en un basurero, lugar donde le parecía que ella debía descansar el sueño eterno. Luego regresó a su casa y a la realidad, limpió la escena y se fue a la iglesia, en donde les contó a sus hijos que su madre se había ido de la casa y que jamás iba a regresar.
¿Qué le pasó a Jorge Reyna? Él es un obrero que trabajaba en una empresa maquiladora, padre de familia, un hijo que aún se encontraba cómodo en la compañía de su madre, que fue el lugar en donde estaba cuando lo arrestaron. No sólo fueron celos lo que lo llevó a matar a la mujer con la cual vivía desde hacía muchos años. Y además, asistía a una iglesia cristiana, en donde acudió a refugiarse después del asesinato. Seguramente le pidió a Dios que lo perdonara, para poder dominar sus sentimientos de culpa al tener plena consciencia de lo que había hecho. Y con ello quedó tranquilo, porque no denunció el hecho. La mujer fue encontrada por casualidad días después de haber sido asesinada, ya en estado de putrefacción.
¿Por qué la mató en aquel momento? Tal vez tuvo lo que se pudiera llamar un trastorno explosivo intermitente, que consiste en la presencia de uno o varios episodios aislados de dificultad para controlar los impulsos agresivos, que dan lugar a violencia intensa, tanto, que el grado de agresividad de la respuesta es totalmente desproporcionada con respecto a la causa que lo provoca. Pudiera no haber otro trastorno mental, ni la presencia de alcohol o drogas, ni tampoco sería producto de alguna enfermedad médica. Simplemente acumuló tanta angustia, tanta presión, que explotó con gran placer.
Tuvo un evento de disociación, un pasaje al acto de sus impulsos agresivos, un “acting out”, en donde surge incontrolado todo el odio que está reprimido, toda la frustración, todo el deseo de destruir. Obviamente no cualquier persona experimenta este tipo de trastornos. Es común en personas narcisistas, con rasgos obsesivos, paranoides o esquizoides que explotan en una situación en que su cólera se desata por una acumulación alta de estrés, causada, entre otros motivos, por dificultades interpersonales que ya no toleran. Pudo haber explotado manejando su coche, que lo hubiera impelido a ocasionar un accidente; en el trabajo, gritando contra su supervisor o sus compañeros; en la calle, trenzándose a puñetazos contra alguien que lo agrediera. Pero no. el precipitante fue la agresión de que fue objeto por su esposa.
El asesino no es un profesional del crimen. A ellos los motivan mecanismos diferentes y padecen patologías distintas. Parece no presentar un trastorno antisocial de la personalidad, que se caracteriza por el desprecio a los derechos de los demás, ni un trastorno límite, que es identificable por los patrones de inestabilidad en las relaciones con los otros, con problemas en la autoimagen y los afectos, con evidentes y continuos actos de impulsividad no controlados.
Tal vez Jorge Reyna no sea un mal hombre, pero cometió un delito mayor, que no se debe perdonar aunque tenga explicación que pudiera servir de atenuante. Y debe pagar porque dejó a sus hijos sin su madre, porque dispuso de una vida que no le correspondía. Cometió un acto violento en una sociedad que, aunque violenta, no debe permitir esas explosiones. Se equivocó Jorge Reyna, porque debió haberse separado desde la primera vez en que su mujer dejó de serlo, desde el momento en que le empezó a servir de “sparring” para sus ansias de boxeadora. Si así lo hubiera hecho, todos estaríamos hoy más tranquilos.
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