Hoy, 14 de noviembre, conmemoramos el Día Mundial de la Diabetes, instituido por iniciativa de la Federación Internacional de la Diabetes y la Organización Mundial de la Salud, buscando realizar un objetivo importante: que los diabéticos, el personal sanitario, las instituciones y la sociedad en general tomen conciencia, por un lado, del alcance, las características y las posibles consecuencias de esta enfermedad y, por otra parte, de los beneficios y repercusiones positivas de un tratamiento adecuado y un estilo de vida sano. Se determinó la fecha por ser el aniversario del nacimiento de Frederick Banting, quien, junto con Charles Best, tuvo un papel determinante en el descubrimiento en 1922 de la insulina, hormona que permite tratar a los diabéticos y salvarles la vida.

¿Por qué es importante este día para todas las personas, sufran o no esa enfermedad que puede llevar a la muerte a quien la padece? Para tomar conciencia de un nuevo peligro que se abate contra la humanidad. “The Lancet”, que es tal vez la más importante revista mundial en medicina, acaba de hacer públicas cifras que prevén un panorama en el que la gente sana será minoría, en donde los niños estarán tan obesos y enfermos que morirán antes que sus padres y los sistemas de salud estarán al borde del colapso porque muchos ciudadanos sufrirán alguno de estos trastornos: tumores cancerígenos, patologías cardiovasculares, enfermedades respiratorias crónicas y diabetes. Estas son las cuatro enfermedades que causarán, en 20 años, el 69% de los decesos en el primer mundo, y en el resto, el 80 por ciento. Y esto lo viviremos para el 2030, a no ser que los gobiernos y las organizaciones civiles se tomen en serio tan grave amenaza.

Pero la paradoja es que la mayor parte de la gente no cree que pueda desarrollar diabetes. La considera muy lejana de su vida diaria; prefieren pensar que no la van a desarrollar nunca y optan por ignorar los síntomas que pudieran sugerir su presencia pensando, mágicamente, que si no se hace caso de éstos síntomas, la enfermedad no existe, activando el pensamiento mágico infantil que asume que si no saben que están enfermos, la enfermedad automáticamente se evapora y la salud se mantiene sin cambios.

Se le teme a la diabetes porque se ve a esta enfermedad como una discapacidad que le impedirá a quien la contrae llevar una vida normal y activa. Y entonces se resiste inconsciente o conscientemente a hacerse los análisis que le pueden comprobar que puede ser diabético o que ya se le ha desarrollado la enfermedad. Las personas tienen miedo de saber, porque piensan que una vez que se ha establecido la enfermedad, habrá que renunciar a los placeres de la vida, como comer las cosas que le gustan, fumar e ingerir bebidas alcohólicas y llevar una vida sexual normal. Se sentirán disminuidos ante los demás y si se aceptan los síntomas, la enfermedad seguirá avanzando inexorablemente hasta llevar a la mutilación de partes de su cuerpo, a las complicaciones renales y la muerte, sin que haya posibilidad de frenarse.

Tienen pavor de atenderse con el médico especialista, a pesar de que el diagnóstico precoz, temprano, puede prevenir la aparición de complicaciones, que no solamente son físicas: la depresión, que puede llegar a ser grave y que va acompañada de insomnio o hipersomnia, sentimientos de inutilidad, culpa excesiva y pensamientos recurrentes de suicidio. Cuando no se acepta la presencia de la diabetes se pueden presentar trastornos del apetito, ansiedad, comportamientos pesimistas, problemas de adaptación, trastornos cognitivos y problemas sexuales. Y se convierte en un martirio para la familia.

¿Quiere más razones para aceptarla? Porque si se acepta todo cambia. La manera adulta de abordar la enfermedad es conocer sus síntomas, consultar a los especialistas para confirmar el diagnóstico y para controlarla sin fármacos, lo que es posible en casi la mitad de los casos de la diabetes del adulto, mediante hábitos sanos en la alimentación, el ejercicio físico regular y el control del peso corporal. A pesar de la visión catastrofista de los expertos de “The Lancet”, la salud está todavía en nuestras manos.
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