Llegan los alumnos por la mañana, algunos ya desayunados, otros no, y sacan sus libros de texto gratuitos, sus cuadernos y lápices. Se disponen a practicar un ritual de aprendizaje que tiene sus orígenes en el siglo 18, con contenidos que parecen del 19, aun cuando la Reforma Integral de la Educación Básica, la RIEB, se ha aposentado en el currículum. Y aprenden contenidos que, en su mayoría, no les servirán más que para pasar un examen.
Por lo menos en cuanto a métodos y perspectivas científicas se refiere (cuenta la anécdota), si un ingeniero o un médico del siglo 19 aparecieran en nuestro siglo 21, no comprenderían nada del instrumental científico actual, teniendo que volver a las aulas como cualquier graduado de bachillerato. Mas si un maestro del siglo 19 apareciera hoy, se sentiría muy a sus anchas en el salón de clase. Porque durante siglos la dinámica no ha cambiado perceptiblemente, a pesar de los anuncios oficiales optimistas y los esfuerzos para implementarla.
Vive aún el aula actual un modelo de siglos pasados, enseñado por maestros del siglo 20, que se han resistido, consciente e inconscientemente, a asumir las nuevas dinámicas. Pero los niños corresponden al 21. A un siglo que les obligará a ver un estado de cosas diferente, en una noosfera de la cual poco se apropiarán. Y este estado de cosas, que puede ser limitativo en extremo para el aprendizaje del arte o del lenguaje, resulta fatal para el aprendizaje de las ciencias.
En el siglo 21, coinciden los expertos, el valor fundamental en el desarrollo de las sociedades será el conocimiento científico y el docente será el agente primordial de la cultura científica. Todos los países que han buscado el desarrollo de su potencial científico-tecnológico han tenido que luchar, con desiguales resultados, contra esta dificultad. Pero muchos de ellos lo han tomado con seriedad y mirando hacia el futuro. Ha sido en la medida en que un país invierte mayor cantidad de su producto interno bruto (el PIB) en el desarrollo de la ciencia y la educación, que ha tenido un mejor desenvolvimiento económico.
El caso de Finlandia es paradigmático. Según The World Bank, invierte 2.21% de su PIB en investigación y desarrollo. La inversión en educación alcanza 6% del PIB. Y los resultados están a la vista: 17% de sus exportaciones son en productos de alta tecnología desarrollados en el país, tiene cerca de un millón de patentes registradas y un ingreso per cápita entre los cinco primeros del mundo. La combinación ha dado buenos resultados. Pero el aula en México no recibe demasiada inversión. Y menor es ésta en torno a la enseñanza de la ciencia. Requiere de un presupuesto que lo impulse, de un proyecto adecuado y de la necesaria capacitación docente.
Por eso es relevante la noticia de que el gobernador electo, Rubén Moreira, gestionó 77 millones de pesos para el desarrollo de la ciencia y la tecnología en Coahuila; nota relevante porque uno de los retos sociales vitales para el desarrollo es el de alfabetizar en términos de ciencia a los mexicanos. No se puede dejar de lado la necesidad de entrar al mundo de la ciencia y la tecnología con todo lo que implica en términos de adaptación cultural y de modernización de mentalidades. El país que no invierta en ciencia y tecnología simplemente no tiene futuro.
| Comparte ese artículo: |
|



