¿Por qué hay escritores que calan profundamente en el ánimo de un alma joven?

¿Qué hálito misterioso habita en esas palabras para conectar con la impaciencia y el caos de una vida apenas en formación, volviéndolos entrañables?

Beber otras palabras
Recuerdo los tiempos furiosos de los primeros años, cuando uno iba como un sediento, escarbando aquí y allá los libros y los veneros donde hallar las palabras fundamentales. Uno pateaba las calles y recorría el arco de la noche buscando el absoluto que toda alma de veinte años pretende como lejano faro. Cada uno trazaba las coordenadas de su desamparo, cada uno,
como dice Juan Marsé en “Rabos de lagartija” iba “en busca del primer deslumbramiento”.

Genealogías
Muchos leían a Herman Hesse, que pontificaba de la soledad y de la pureza; historias de la primera guerra que a nosotros nos parecían de otra era. En los cínicos noventa mi primer hallazgo fue Sábato. Primero “El Túnel” que describía la entrega al arte y al amor visceral, además del brutal desajuste con el mundo.

Luego “Sobre Héroes y Tumbas” que habló como pocos libros a mi ser joven sobre el origen del mal, el desencuentro y la epifanía después de los sueños triturados. Luego “Abaddón el Exterminador”, complejo coro polifónico, de donde se derivó la carta “Querido y Remoto Muchacho”, que a mí, como a miles de jóvenes en todo el mundo, nos reveló al escritor argentino como un interlocutor que nos miraba por primera vez a los ojos.

Hombres negros y rojos
Trabajaba en un taller, jugaba futbol. Mientras, juntaba dinero para entrar a la universidad. Y escribía -“Eso no lo pudo haber escrito un mecánico!” -juzgaría luego en un taller literario un reputado narrador policiaco. En la hora del lonche leía a Stendhal. El Julian Sorel de “Rojo y Negro” como el arquetipo del joven que ansía devorar al mundo, el que pretende moldear desde la sombra su destino como si fuera de arcilla. Juan Marsé ha reconocido que el modelo para su “Pijoaparte” –otro joven impaciente arañando el polvo dorado de los sueños- personaje fundamental en “Últimas Tardes con Teresa”, es el Sorel de Stendhal, sólo que en vez de aspirar a sacerdote o soldado, el hijo del catalán no sea más que un guapo ladrón de motos.

Los perros románticos
Guillermo Samperio puede decir todo lo que quiera sobre la obra y la persona de Roberto Bolaño:

que si su obra es “literatura de albañal” o que es “protonazi”, o que el chileno era una persona maleducada, o que los infrarrealistas irrumpían en las lecturas aterrorizando al mismísimo Octavio Paz. No sé de donde vendrá tanto encono. ¿Algún pleito de la juventud? ¿O porque Bolaño llamó “escribidora” a Ángeles Mastretta, mujer de Aguilar Camín, capo del grupo Nexos, de donde Samperio es cercano? Conjeturas.

Lo que nunca va a poder negar el narrador mexicano es que por misteriosas razones, Roberto Bolaño es el autor que más ha calado en el alma de los lectores jóvenes en los últimos años. El más entrañable. Lo han dicho Fresán, Villoro y Volpi, el chileno se ha erigido como un tótem y como una referencia. Goza de la popularidad de un rockstar. Y ¿por qué Bolaño? Quizá porque sus novelas y sus cuentos, desde “Putas Asesinas” a “Los Detectives Salvajes” abordan siempre lo mismo, historias de muchachos inadaptados “Persiguiendo un sueño innombrable, inclasificable, el sueño de nuestra juventud, es decir el sueño más valiente de todos”.

Bardo de las bardas
“La juventud es una estafa”.
Roberto Bolaño
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