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Dalia Reyes
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10 Diciembre 2016 04:00:00
Profesores a fin de año
La educación es un tema recurrente en la historia humana. Los griegos, el parteaguas de nuestra historia latina, asumían que el vértigo por saber era un don inalienable para cualquier ciudadano; quienes no manifestaban interés, no podían aspirar a tal calificativo.

Por los resultados de evaluaciones internacionales y nacionales, no existe tal autonomía en el proceso de aprendizaje, y el concepto “ciudadano” se conforma con el hecho de habitar una ciudad y ser susceptible del sufragio. El crecimiento esencial del hombre quedó en último plano.

Para terminar este ajetreado año, los profesores necesitamos voltear nuestros ojos hacia el motor de nuestras aulas, donde cientos de jóvenes esperan de sus profesores escuchar las palabras que les prometan una nueva forma de vida, más digna y menos riesgosa.

No lo vamos a lograr con el estrés de las pruebas ni los formatos: Es urgente cultivar en nuestra profesión el deseo natural por saber para entender y transmitirlo, de este modo, a nuestros alumnos.

Resulta que los filósofos de toda la vida empezaron por pensar cuanto el hombre dedica la vida entera en busca de felicidad. Platón aceptó, en su lecho de muerte, cómo esa perfección diseñada por sus teorías era una cosa fantástica e imposible en la vida real. Así, nos ajustamos a una aspiración más modesta: Vivir cómodos.

Miren a su alrededor y confirmen ese dicho: Ese sillón, el librero, el horno de microondas, los controles remotos para casi todo, el colchón con colchoneta. En fin, todo está puesto ahí para ofrecernos una mejor vida. ¿Pueden aspirar a eso nuestros jóvenes? ¿Cómo llegarán, mínimo, a nuestro estatus cuando ni siquiera pueden acceder a la socialización en otros estratos por falta de léxico?

Accedamos al conocimiento sin temor ni queja, sin buscar puntos ni rayas, sólo el aprendizaje por sí mismo y verán como, en un acto de magia, sus alumnos harán la traducción necesaria para aspirar a convertirse, ya de perdis, como el maestro.

Busquemos la comodidad, eso es el cometido humano, pero no a costa de la incomodidad ajena. No se apoltronen, compañeros, en ese sillón tan mullido en tanto hay muchos que están sentados en el piso.

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