Cuando usted escucha detonaciones en la calle su reacción inmediata, automática, es de alarma. Su cuerpo se prepara instintivamente para protegerse, empezando a segregar adrenalina, hormona vasoactiva producida por las glándulas suprarrenales que prepara al organismo para entrar en acción, ya sea la lucha, la huída, la mimetización o la simulación, que son las cuatro estrategias de supervivencia que tenemos los humanos.

Los civiles aun no estamos preparados para mantener la calma en una situación de fuego directo en acciones bélicas. Es decir, si nos encontramos cerca de los disparos, segregamos tanta adrenalina que suspendemos el análisis objetivo de la realidad, obstaculizando el pensamiento racional, pues a mayor cantidad de adrenalina en nuestro cuerpo, menor posibilidad tenemos de tomar decisiones correctas. Ya no pensamos de manera clara y coherente. Por ello, en estos momentos de máxima alerta, es importante que estemos preparados para protegernos de manera adecuada conociendo los protocolos de seguridad, esos pasos a seguir que nos dicen qué hacer en cada uno de estos momentos.

Pero si no conocemos esos protocolos de seguridad, posiblemente no tomaremos las decisiones correctas. Esto fue lo que sucedió el miércoles pasado en Saltillo, en donde las balaceras se presentaron durante buena parte de la mañana, en arterias transitadas, cerca de restaurantes, negocios, universidades y escuelas de educación básica.

Se desataron muchos comportamientos inadecuados entre las personas que estuvieron cerca de los lugares del combate contra los grupos de la delincuencia organizada. Desde los que querían ver el enfrentamiento hasta los que corrían sin saber a dónde; desde los que caminaban como si no pasara nada hasta los que sufrieron crisis de pánico; todos mostraban poco conocimiento real del peligro que corrían en ese momento. Y algunas de esas universidades no tenían organizados sus protocolos de seguridad ni habían hecho simulacros para que sus alumnos, personal académico y administrativo supieran que hacer en esos momentos. Si se hubieran presentado víctimas inocentes (los famosos daños colaterales), la responsabilidad recaería en sus directivos, por falta de previsión. Afortunadamente no sucedió así.

Los protocolos de seguridad deben abarcar también el uso adecuado de los medios de comunicación. Durante los enfrentamientos, las líneas telefónicas se saturaron con los que llamaban a sus parientes, contando noticias alarmistas, diciendo que había docenas de muertos, que informaban que se encontraban en o fuera de peligro, desatando el temor que los combatientes se metieran a las escuelas, que tomaran rehenes o los atraparan en fuego cruzado. La angustia social creció exponencialmente.

El temor a la muerte en esos momentos dispara también otros temores internos, amplificando la angustia hasta hacerla incontrolable. Los espectadores de estos hechos de violencia masiva se sienten muy vulnerables, pues creen que ya no hay lugar seguro en donde protegerse. Y esa sensación no se detiene al terminar los disparos. El sentimiento que quedó después de esos eventos es de desamparo, intuyendo que la ciudad ya no es un lugar seguro para vivir. Este es otro de los daños colaterales que tendremos que aprender a superar: el trastorno de estrés postraumático.

Si para los adultos estos tiempos no están claros, mucho menos para los niños. Así como los niños tienen que aprender a leer y a escribir, también deben aprender a protegerse de cualquier eventualidad que suceda en la escuela. Y este aprendizaje no solamente deben enseñarlo los maestros. Los padres de familia debemos, por nuestra parte, capacitarnos para enseñarles cómo protegerse ellos mismos. Aún cuando esta situación no será eterna y van a venir tiempos de paz que entre todos construiremos, los protocolos de seguridad deberán formar parte permanente de nuestra vida cotidiana.
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