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Carlos Gutiérrez Montenegro
Carlos Gutiérrez Montenegro
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Psicólogo, Maestro en Enseñanza Superior por la Universidad Autónoma de Nuevo León, actualmente desarrolla su campo en la Universidad Pedagógica Nacional, Unidad Saltillo, como coordinador de investigación; en el Centro de Asesorías, A.C. como psicoterapeuta psicoanalítico; Asesor técnico del Centro de Investigaciones Psicopedagógicas, de la Dirección de Educación Especial de la Secretaría de Educación y Cultura del Gobierno de Coahuila; Productor de contenido del programa “De Frente” y editorialista del canal 7 RCG de televisión, además de articulista del periódico “Zócalo” de Saltillo. Algunos de sus escritos e investigaciones son: "PSICOANALISIS Y SOCIEDAD", publicado por la Universidad Veracruzana en 1982, el 'ESQUEMA DE LA PUBLICIDAD', también publicada por la Universidad Veracruzana en 1984, la 'ESCUELA PARA PADRES", publicada por la Secretaría de Educación Pública de Coahuila y el Instituto de Servicios Educativos del Estado de Coahuila, en 1993 (primera edición) y en 1994 (segunda edición). Además, la investigación llamada ‘ESTUDIO EXPLORATORIO Y PROSPECTIVA DEL PROGRAMA MECED EN EL ESTADO DE COAHUILA’, realizada en una colaboración conjunta de la UPN con el DIF Estatal y la Secretaría de Educación Publica de Coahuila y la investigación “ESTUDIO DE LAS CONDICIONES DETERMINANTES DE LA REPROBACIÓN EN LA UNIVERSIDAD TECNOLÓGICA DE COAHUILA”, de reciente publicación.

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21 Marzo 2017 03:00:00
Psicoterapia y abuso sexual
Hace algunos años, una jovencita sufrió un abuso sexual severo, una violación y después de ese evento traumatizante sus padres la llevaron a atenderse con un terapeuta. Este es el paso adecuado para superar en corto tiempo el trastorno de estrés postraumático que el evento de abuso dejó en la adolescente.

El problema fue que, parece ser, el terapeuta al que acudieron no utilizó métodos adecuados para el afrontamiento del conflicto. A decir de la paciente, el terapeuta se bajó los pantalones y le mostró los genitales con el argumento de que así iba a superar el trauma más pronto, lo cual no solamente alarmó a la paciente, hipersensibilizada por el suceso que la llevó a consulta, también a su familia, que no esperaban un acto así del profesional, máxime que la madre de la paciente había sido tratada con anterioridad por tal profesional. Decidieron no denunciar el hecho y la jovencita, en actitud resiliente, decidió estudiar psicología, con el firme propósito de ayudar a otras víctimas de esos tipos de abuso, pues para ella la actitud del profesional fue sentida como una extensión del abuso sufrido. Y así como va, será una excelente terapeuta.

Esto viene a cuento porque en días pasados una paciente acusó judicialmente a su terapeuta de haberle hecho tocamientos en los glúteos y otras partes del cuerpo, asegurando que era parte del planteamiento terapéutico al que se le estaba sometiendo. Ella se lo platicó a sus padres e interpusieron una denuncia ante las autoridades judiciales. Se le dictó vinculación a proceso en el Centro de Justicia Penal, que no significa que sea culpable y tendrá hasta mayo para defenderse y demostrar su inocencia.

Para entender estos casos debemos tener en cuenta por lo menos dos enfoques: el primero es la perspectiva del profesional de la salud, el segundo es la expectativa del paciente. En cuanto al terapeuta, la profesión no es nada fácil.

Por una parte, cuando se está frente al paciente, se debe estar constantemente manejando los propios contenidos, ya sean de angustia, de dolor, de deseos o excitación, entendiendo que el paciente acude a él para ser auxiliado a recuperar la salud, el equilibrio vital que en esos momentos no tiene. El terapeuta es un instrumento de cura, de recuperación de la salud y el gusto por vivir. Es un espejo, nada más. Y su conducta siempre debe favorecer al paciente: “Primum, non nocere; secundum, beneficium; tertium, iustum” (primero no hacer daño, segundo, beneficio; tercero, justicia) son las reglas éticas básicas del accionar de cualquier profesional de la salud mental.

En el año 2007, en Fremantle, Australia, un terapeuta atendía a una joven de 23 años con problemas de bulimia le diseñó una terapia sumamente ingeniosa: puesto que no estaba obedeciendo órdenes, debía ponerse un collar de perro, caminar como si fuera uno, desnudarse para recibir suaves latigazos y llamar “amo” al ingenioso psicólogo que construyó tan singular terapia. La paciente lo grabó con una videocámara y lo acusó de abuso sexual.

Él se defiendió diciendo que no le hizo daño, pero es claro que violó varios principios señalados por la ONU en su resolución 46/119 relativos al mejoramiento de la atención de la salud mental, en especial al principio 11, referente al consentimiento informado para el tratamiento. Todo paciente tiene derecho a saber exactamente en qué consiste la técnica a la cual se va a someter y debe ser informado si existen otras formas de trabajo distintas a la propuesta. Este es el principio que, parece, no se respetó en los casos ya descritos.

Por otra parte, el paciente espera del terapeuta generalmente una solución que está muy lejos de recibir a corto plazo, porque la psicoterapia no tiene las cualidades de los fármacos, que cuando son bien administrados proporcionan alivio a corto plazo. En ocasiones, cuando el paciente está bajo mucha presión o su sufrimiento tiene largo tiempo, puede volcar contra su terapeuta la frustración acumulada. Por ello, reporta Robert Epstein (PSIQUIATRÍA NET. 13 diciembre 2013), que de acuerdo con algunos estudios, “la mitad de todos los terapeutas son en algún momento amenazados con violencia física por parte de sus clientes, y en realidad son atacados cerca del 40 %”, llegándolo a sentir como el ataque de un hijo a su padre o peor. Pero son los riesgos de la profesión, que nadie ha dicho sea fácil.

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