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Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
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13 Enero 2018 04:00:00
¡Qué belleza!
Histórica y predominantemente, el ser humano ha limitado su apreciación de la belleza al ámbito estético, propio de lo que sensorialmente puede percibir, pero no de manera neutral, sino guiado por los estereotipos nacidos de las creencias.

El concepto de belleza de los seres humanos está basado, así, en paradigmas limitantes y excluyentes que apocan espiritualmente, entristecen, debilitan y embrutecen. Drástico, pero cierto. Y me explico:

La verdadera belleza es una experiencia mística, es decir, de unión del alma con la divinidad. Es el sello de Dios y, por eso, la esencia de todo cuanto existe. Nos conecta directamente con el amor, de ahí que todo cuanto existe puede y debe ser amado. Para amar al prójimo hay que verlo bello. Ahí está el secreto del mensaje de Cristo. La belleza es el alimento del alma y el amor la saciedad espiritual.

Ciertamente, se requiere de los sentidos, pero en atención plena, sin pensamiento ni, por tanto, prejuicio, para entrar por sólo unos instantes, que serán paradójicamente eternos, en la dimensión de la belleza, colmante y transformadora, invisible pero omnipresente; nuestro verdadero hogar.

Para llegar ahí es necesario aprender una forma diferente de ver, oír, tocar, oler y degustar, más allá de lo evidente, de lo predeterminado. Para vivir la belleza hay que atreverse a abandonar la botarga del ego unos instantes, eso que los artistas hacen cuando crean.

La belleza es una experiencia conmovedora, que nos hará sentir llenos de amor, del verdadero, de ese que no necesita ser depositado en nada ni nadie en particular, porque está en todo.

Dicen que Fiodor Dostoievski, quien aseguraba que la belleza salvaría al mundo, iba a contemplar cada año, durante horas, la Madonna de Rafael, y no para aprenderse cada detalle de la obra, sino para sentir su esencia, el alma del artista, manifiesta y expandida.

Y así, nadie como Dostoievski para diseccionar literariamente el alma, para encontrar la belleza en lo más oscuro de la naturaleza humana, y nadie igual a Víctor Hugo, político y poeta, además de novelista, para sublimarla, hasta hacer cegadoramente bello lo aparentemente feo. Qué me dice de Mozart y Beethoven, entre otros muchos prodigadores de belleza. Todos podemos, de diversas y únicas maneras, ser como ellos, si sabemos fluir con la belleza y sentirnos parte de ella.

Si los seres humanos comprendiéramos que la belleza es una experiencia espiritual, esencialmente transpersonal, evolutiva, que impulsa cambios cuánticos de conciencia, le da sentido a la existencia y nos hace mejores en todos los sentidos, aprenderíamos a encontrarla en las cosas más sencillas de nuestra cotidianidad y entonces, como aseguraba Dostoievski, salvaríamos al mundo.

Así de importante la belleza y así de relevante saber lo que verdaderamente es y cómo acceder a ella.

Sin embargo, vivimos en la dimensión de la falsa belleza, o belleza sin alma, aquella a la que paradigmáticamente debemos aspirar y que, en la mayoría de los casos, podemos pagar: hombres y mujeres largamente jóvenes, delgados, de facciones casi perfectas y carnes firmes; coches de lujo, animales de raza, ropa de marca, etc. Una belleza fría y utilitarista, apropiable y, por tanto, deteriorable. Una belleza que nos mata de hambre.

Tan ralita es nuestra relación con la belleza que la creemos acabada cuando pasa la juventud, como si en la madurez o la vejez no la hubiera, como si por dentro estuviésemos ya vacíos, sin nada apreciable ni valioso.

Tan mal entendida la tenemos, que la confundimos con la ternura que nos produce un niño o un cachorro, el deseo o la lujuria que nos despierta un cuerpo estereotipado y hasta el placer inicial que nos produce una adicción.

La forma en que concebimos la belleza es la forma que adquieren nuestras relaciones, nuestro entorno y nuestro mundo. Por eso estamos como estamos.

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