10 lecturas





La semana pasada el Banco de México dio a conocer en su reporte de inflación para la primera quincena de mayo que los precios disminuyeron 0.34%. Aunque en general, su recepción fue favorable por parte del mercado, en lo personal me parece que no fue un buen resultado, como ha sido la tónica en los últimos meses.

Si bien esta reducción fue mayor a la observada en el mismo periodo del año pasado (-0.26%), hay que recordar que desde 2003 este periodo se ha caracterizado por una reducción de precios, explicada en parte por los ajustes estacionales en los precios de la electricidad, y en todo los casos esta reducción fue mayor (con excepción de 2008).

Pero esto es más preocupante si consideramos el hecho de que nuestra economía está pasando por una de las peores recesiones en su historia, sólo comparable con la registrada en 1995. El dato de producción durante el primer trimestre fue de -8.2%, y se espera que el segundo trimestre registre una valor similar (incluyendo el efecto de la influenza). El choque inicial a nuestra economía fue por una menor demanda externa por nuestros productos, lo que condujo a una contracción en la inversión y producción, una disminución en la confianza del consumidor y en el consumo, retroalimentado por un descenso en la colocación de crédito y un aumento en el desempleo. Adicionalmente tenemos también un choque de oferta como consecuencia de la importante depreciación de nuestra moneda desde octubre del año pasado, lo que ha provocado un aumento en el precio de lo que importamos, aunque esto en el marco de una importante contracción en el comercio mundial. Sin embargo, el choque de demanda sería mayor al de oferta. En estas condiciones se esperaría que, como está ocurriendo en buena parte del mundo, la inflación estuviera cediendo en mayor magnitud que lo que hemos visto durante estos últimos meses. Claramente esto no ha ocurrido y buena parte de la desinflación observada es producto del manejo de los precios administrados y concertados. El componente de mercancías en la inflación subyacente ha sido una de las principales preocupaciones, probablemente reflejando cierto traspaso inflacionario como consecuencia de la depreciación. Pero seguramente esta no es una explicación suficiente de lo que ha ocurrido. Cabe mencionar que esta dinámica de precios explica en parte el porqué en nuestro país el expediente contracíclico de la política monetaria se utilizó con rezago comparado con otros países, aun en economías en desarrollo como Chile.

Seguramente otro elemento importante de la explicación se encuentra en la rigidez a la baja que muestran los precios, producto de la estructura de nuestros mercados, generalmente poco competitivos. Por cierto, la misma disminución de la tasa de referencia de la autoridad monetaria no termina por trasladarse de manera adecuada y expedita a otras tasas de interés relevantes en el mercado que afectan al crédito, reflejando también la estructura de nuestro sistema financiero, por lo que esto disminuye la potencia de esta política. Entonces lo que tenemos es que, a pesar de la fuerte contracción económica actual, los precios de buena parte de bienes y servicios simple y sencillamente no reaccionan a la baja, por lo que cualquier intento de reactivar al consumo privado con una intención contracíclica se ve obstaculizado por este comportamiento de precios. De manera anecdótica (y probablemente no mucho) comento un reportaje del noticiero “Hechos” del viernes pasado sobre el comportamiento de las tarifas aéreas, en donde documentan que no sólo no disminuyen, sino que han aumentado de manera importante. Pero el punto interesante es que en declaraciones del vicepresidente de la Canaero respecto a este asunto, reconocía el hecho y lo justificaba señalando que las tarifas no se reducían porque después costaba mucho trabajo volver a aumentarlas, ya que la gente se acostumbraba a esos precios bajos. Seguramente es una declaración desafortunada, pero también puede reflejar la percepción o visión de cierta parte de los empresarios, así como la baja competencia en distintos mercados, incluso la existencia de comportamientos colusivos, aunque sean tácitos. Lo mismo podríamos decir del sector automotriz, que enfrenta serios problemas en el mundo, pero en donde algunas marcas en nuestro país no sólo no han reducido precios, sino los han aumentado. Y esta reflexión la podemos ampliar a otros mercados de bienes y servicios en nuestro país. En suma, es probable que no veamos una importante desinflación en nuestro país en los próximos meses, pero en el futuro, cuando se recupere el crecimiento mundial y ante el riesgo de presiones inflacionarias como consecuencia de las políticas fiscales actuales, entonces sí seguramente veremos los “flexibles” ajustes al alza en precios en nuestros mercados. Sin reformas que afecten la estructura de estos mercados estamos atrapados en este círculo vicioso.

Investigador de la División de Economía del CIDE y de la EGAP-ITESM-CCM

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