Conocí —es un decir— a Monsiváis desde niño, en los años sesenta, a través del “sabio Monsi”, cuando Tsekub Baloyán descendía en un batiscafo para salvar a Chanoc, su novia Irina y al sabio Monsiváis, de la furia de un calamar gigante para lo que tuvo que ocupar un rayo láser, regañando al joven sabio: “no chille sabio, todo fue culpa del robot que diseñó usted para enviarlo a Marte”, a lo que Monsi respondió: ¿y quién le dio Cañabar?, el crudo aguardiente que libaban en el “Perico marinero” prestigiada cantina del pueblo de Ixtac. Así lo seguí, al lado de Chanoc y de Tsekub en su lucha contra las fuerzas del mal, y en diversas andanzas, incluidos viajes al espacio sideral.
Después del 68, en la preparatoria y la facultad, comprendí el porqué de la buena fama de la inteligencia y basta memoria de el sabio Monsi, plasmada en la historieta concebida por Martín de Lucenay, Pedro Zapiain Fernández y Conrado de la Torre, y la gráfica de Ángel Mora, pues sus ideas y escritos se convirtieron en un referente imprescindible para mi generación, que encontró en Carlos Monsiváis, además de una incuestionable visión crítica de la realidad mexicana, a un verdadero agitador de conciencias.
Más adelante, los militantes de izquierda encontramos en Carlos Monsiváis a un crítico implacable del poder y de las burocracias autoritarias de todo signo, y en la gestión pública, en distintos momentos de nuestras primeras experiencias de gobierno desde la izquierda, y en especial en la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal, en el momento más difícil en la historia reciente del país, tras el fraude electoral de 2006, al borde de una ruptura social, nos brindó su amistad y solidaridad.
Monsiváis acaba de partir y ya nos hace falta. Solamente espero, al igual que muchos mexicanos y mexicanas, que como dice el viejo bolero ranchero: “Ojalá que te vaya bonito” donde quiera te encuentres.
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