3 lecturas





En el mundo feliz de Aldous Huxley todo iba bien, nadie reclamaba por la simple causa de que nadie pensaba –ni decidía– por sí mismo. Todo hubiese seguido su curso si la tal Lenina no echara a andar cuestiones tan complicadas como la ética y la individualidad que nos heredó la naturaleza.

El parámetro de felicidad estaba claramente establecido y nadie necesitaría nada fuera de sus sistemas y pequeños contextos, la desesperación y los sicoanalistas no tendrían lugar en un mundo así, si es que pudiésemos recrearlo en la realidad. Pero ¿sería esa una realidad? Afirmaré, como respuesta muy personal, y recibo estoicamente consensos y disensos viniendo de ustedes.

Parto de la muy desleída frontera entre realidad y mentira, pues ahora cada quien hace la realidad como guste y quiera. La primera, fue hasta hace mucho tiempo lo palpable, perceptible y comprobable con nuestros sentidos; la segunda, su alteración y sinónimo de impropia, indeseable e inoperante en la vida social. Pero ahora resulta que toda clase de realidades, las virtuales por ejemplo, que se dan por ciertas, válidas y viables para conformar nuevos mundos con paradigmas diferentes.

En las redes de información somos actores, por lo tanto construimos la realidad deseada para nosotros o para otro, aquí es donde se complica la cosa, porque nos involucramos en una cadena interminable que acaba por afectar el universo.

Lo virtual es perfecto porque se construye con nuestros bloques ideales, ponemos sólo nuestros rostros bellos –aquí podemos recurrir o recibir un doble engaño- , nadie es feo a través de la pantalla, el carácter lo moldean muchos pixeles de resolución y con gran facilidad tornamos nuestra humanidad en el ideal de otro.

Muchas relaciones familiares hoy están dadas por la virtualidad, una lejanía engañosa que nos convence con facilidad de que estamos de la mano en el mismo espacio y tiempo, cuando realmente compartimos muchas historias simultáneamente dejando en algún sitio la realidad real, a veces tan guardada que no la encontramos.

Las familias virtuales son perfectas: todos bellos, en forma, felices, sanos, inteligentes, bien vestidos, preparados para todo, bueno, retiro lo dicho, hay algo para lo que no se han entrenado los virtualistas: supongo que no sabrán cómo quitarse la máscara cuando quieran volver al principio.

Virtual sería perfecta porque sólo veríamos nuestras partes bonitas en la pantalla, la realidad es otra, pero mejor nos quedamos así. Aquí no pasa nada.
Comparte ese artículo: Facebook Favicon Facebook Google Bookmarks Favicon Google Bookmarks Twitter Favicon Twitter YahooMyWeb Favicon YahooMyWeb