Los pueblos latinoamericanos vivimos hoy una realidad marcada por la violencia. La profanación de nuestro suelo se ha vuelto el pan nuestro de cada día; se ha instalado de tal manera que su capacidad de manipular se ha vuelto enorme, y la red de noticias globales comunica nuestra desventura a todos los rincones del planeta. Los medios de comunicación han invadido todos los espacios y todas las conversaciones, introduciéndose también en la intimidad de los hogares.

¿Cuáles son sus consecuencias? Este fenómeno afecta todos los ámbitos de la vida social: La cultura, la economía, las ciencias, la educación, el deporte, las artes y, sobre todo, la religión. Afecta la vida de nuestros pueblos y el sentido religioso y ético de nuestras comunidades que buscan en el caos, infatigablemente, el rostro de Dios.

La realidad para los latinoamericanos se ha vuelto cada vez más opaca y compleja. Las personas necesitan información verídica, confiable, no rumores. Hoy miran con dolor y desconcierto una realidad que es gigantesca y difícil de interpretar. Los fragmentos dispersos de información no logran unificarse y se pierde el significado coherente de los acontecimientos. Cuando las personas reciben esta fragmentación y limitación suelen sentirse frustradas, ansiosas, angustiadas, impotentes. La realidad social resulta amenazante y, para no pocos, provoca sentimientos de impotencia al carecer de voz en los acontecimientos.

Hoy más que nunca los latinoamericanos necesitamos recuperar la dignidad y plenitud de vida. Requerimos que nos consuma el amor a la patria y a la familia para llevar al corazón de la cultura aquel sentido unitario y completo de la vida humana, que ni la ciencia, ni la política, ni la economía ni los medios de comunicación podrán proporcionar. Somos cuerpo y espíritu: En Cristo palabra, nuestra cultura puede volver a encontrar su centro y su profundidad, desde donde podamos mirar la realidad en el conjunto de todos sus factores, discerniéndolos a la luz del Evangelio y dando a cada uno su sitio y su dimensión real.

Cristo dijo a los doce que ellos podían y debían cambiar el mundo. Fue un reto que asumieron los apóstoles. A cuarenta años de la muerte de Cristo ya habían extendido su palabra al mundo civilizado. Ciertamente la palabra de Cristo era muy diferente de las religiones practicadas en ese entonces. El sentido religioso de la época era “cumplir” con Dios mediante rituales escrupulosamente elaborados y una estricta observancia de sus reglamentos. La llegada de Cristo cambia radicalmente el sentido religioso; para él, la religión no es un “cumplir”, sino un vivir, un compromiso basado en el amor. Amor a Dios y amor a los semejantes. No un “ojo por ojo, diente por diente”, sino un perdonar hasta setenta veces siete. Él no viene a juzgar a los hombres sino a perdonar, y dar la oportunidad de un nuevo comienzo. No viene a condenar, sino a salvar. Es perseguido porque su doctrina de compromiso y justicia social amenaza la estructura del Imperio Romano.

Si tomamos como punto de referencia las estadísticas, advertiremos que casi el 90% de los habitantes de América Latina nos decimos cristianos. Pero ¿realmente lo somos? Cristiano es aquél que evita que el mundo se descomponga, que los valores mueran, que la vida se destruya, que la familia se acabe. El cristiano se mezcla con las realidades del mundo: No está peleado con la política, ni con la economía, ni con los deportes. No está peleado con los medios masivos de comunicación. El cristiano se mete en el mundo conservando su identidad. Es valiente, no huye; no se asusta, penetra en el ambiente para buscar nuevos caminos de justicia y de paz.

El cristiano debe iluminar la oscuridad de la adversidad, dar el sentido de eternidad a la vida, y llenar de sentido espiritual lo material. Está llamado a llevar a Cristo como la luz: Sin molestar, sin herir, sin dañar. No increpando a los que dudan, sino iluminándolos. No destruyendo, sino construyendo. No condenando, sino amando. Así como la luz, de trato suave, delicado, exquisito, el cristiano está llamado a ordenar el mundo, a esclarecer lo confuso, a encontrar el camino en el laberinto de las circunstancias en que se desenvuelve, a desarrollar una sensibilidad para el bien, y convertir con delicadeza la noche del abatimiento en día de fe, confianza y seguridad.

En el corazón y la vida de nuestros pueblos late aún un fuerte sentido de esperanza, no obstante las condiciones de vida que parecen ofuscar toda esperanza. Aún escuchamos a las familias orar unidas: “Quédate con nosotros, Señor, porque atardece y el día ya ha declinado. Quédate con los más vulnerables, con los pobres y humildes, con nuestros niños y nuestros jóvenes, que son la esperanza y riqueza de nuestro continente. Fortalécenos a todos en la fe para ser verdaderos discípulos”.


.(JavaScript must be enabled to view this email address)
Comparte ese artículo: Facebook Favicon Facebook Google Bookmarks Favicon Google Bookmarks Twitter Favicon Twitter YahooMyWeb Favicon YahooMyWeb