Había un rey sabio y poderoso que gobernaba en la remota ciudad de Wirani. En el corazón de aquella ciudad había un pozo cuya agua era fresca y cristalina, y de ella bebían todos los habitantes, incluso el rey y sus cortesanos, porque en Wirani no había otro pozo.
Una noche, mientras todos dormían, una bruja entró en la ciudad y derramó siete gotas de un extraño líquido en el pozo, y dijo: “De ahora en adelante, todo el que beba de esta agua se volverá loco”.
A la mañana siguiente, salvo el rey y su gran chambelán, todos los habitantes bebieron el agua del pozo y se volvieron locos, tal como lo había predicho la bruja.
Y durante aquel día, toda la gente no hacía sino susurrar el uno al otro en las calles: “El rey está loco. Nuestro rey y su gran chambelán han perdido la razón. Naturalmente, no podemos ser gobernados por un rey loco. Es preciso destronarlo”.
Aquella noche, el rey ordenó que le llevaran un vaso de oro con agua del pozo. Y cuando se lo trajeron, bebió copiosamente y dio de beber al gran chambelán.
Entonces, hubo gran regocijo en aquella remota ciudad de Wirani, porque el rey y su gran chambelán habían recobrado la razón.
Existe en el ser humano, por lo general, el impulso a ser “normal”, como los demás. Es la necesidad de afecto, de aprecio, de ser parte de un grupo, de una tribu, que además brinde cobijo, protección, cariño y otros beneficios tangibles e intangibles.
Pero en este afán de conformación, de “normalización”, no es raro perder las cualidades que hacen único al individuo. Por ejemplo, tenemos al hombre o la mujer que se casa no por amor, sino porque “ya es tiempo”. El emprendedor que deja de intentar un proyecto empresarial por miedo a la burla de su grupo. El esposo que no toma un empleo soñado, fuera de su ciudad, porque su esposa tiene miedo a “perderlo”. El empresario que no toma riesgos porque dejaría de ser “conservador”.
En todos los casos, las consecuencias de no seguir las conductas pre-establecidas van desde la pérdida de “estatus” social, segregación hasta la abierta condena o “destierro social”. Hay innumerables ejemplos de cómo este miedo paraliza la expresión.
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