Debieron verlo allí…

Su mandíbula era la de un pequeño león que peleaba con fiereza para arrancarle al viento un poco más de oxígeno.

Un pequeño gemido, leve, acompañaba a cada respiración.

Su padre y su madre, mi hermano y mi cuñada, llevan 48 horas sin dormir… les pido tomar la plaza para que descansen.

Lo aceptan a regañadientes pero no se van, duermen afuera del cuarto, merecen reponer sus energías.

Junto a otras dos de mis hermanas, Edna y Sidlayín, nos quedamos… paso minutos y horas con la manita de Moncho entre mis manos.

Me explica la doctora que el nivel de respiración debe estar por encima de 85…¿Ochenta y cinco aspiraciones por minuto?

¿Ochenta y cinco la proporción de la mezcla del aire?

Sí… bajar de esa cifra es envenenarse…

Lucha sin cuartel durante la noche y durante la madrugada.

La cifra a veces baja hasta a 88… y luego se recupera hasta 92.

La madrugada me invita a salir… dejo a Edna encargada de esa manita y salgo a buscar una estrella , encuentro cuatro.

Pregunto a mi Creador si va a regalarme otra vez ese milagro… Vuelvo a mi base, reconfortado… vuelvo a tomar la mano y soy testigo de su grandeza.

Moncho llega a la víspera del alba peleando sin cuartel, mi pequeño héroe no se raja, no se doblega.

A las seis de la madrugada la doctora cree que ya es irremediable, llama a su equipo y lo rodean, le quitan la máscara.

Moncho debería morir…

Pero se sorprenden, el chaval sigue respirando a un nivel de 93 por ciento, y no se deja.

La médico me mira perpleja… “Aquí seguimos”.

Toco leve su cuello, el esfuerzo es doloroso, pienso… siento la tensión en su garganta, en su tráquea.

“Ya Moncho, es hora de que descanses”…

Pero Moncho no ha pedido descanso… ni ha dicho que quiere arriar banderas.

Allí sigue, mi pequeño pedazo de huracán… mi sobrino especial que nació para pelear.

El Príncipe…

Así lo sorprende el alba, ha vencido a la amenaza de las sombras y cuando amanece, él sigue librando la batalla por su vida.

Entonces ocurre… se ha cansado, está a punto de doblegarse.

Baja a 79… baja a 70… el gemido es largo… su manita se pone fría.

Mi héroe se doblega…

¡Qué va!

Entonces empuja otra vez y llega al 93… miro a mis hermanas sorprendidas, sonríen… Edna se encoge de hombros.

El empuje dura una hora más o menos, y desciende otra vez.

El pequeño guerrero recibe la saeta… recibe el flechazo y no se quiebra…

Les pido que llamen a mi hermano, y le entrego la manita, tibia otra vez.

Nos retiramos a dos metros para que el silencio hable entre ellos, que se conocen harto y desde tiempo.

Ante mis ojos, con la médico otra vez allí… con el equipo… veo inflarse otra vez el vientre de Adlay… pero esta vez la inspiración es larga, muy larga…

Y luego un breve estremecimiento, mientras las cifras del monitor descienden a cero…

Se fue… la doctora le quita los electrodos… pone la mano en el pulso y busca la hora… la hora oficial del fallecimiento.

¡Y para atrás!… de la nada otro estremecimiento… el corazón le brinca… 35 pulsaciones por minuto.

Mi pequeño guerrero no va a caer doblegado… no caerá de rodillas… Los príncipes caen de pie.

La doctora retrocede, los brazos enguantados se elevan como buscando una explicación.

No hay explicación científica… Moncho es un guerrero, es un Príncipe, así de sencillo.

Y baja de uno en uno… otra vez, hasta el cero.

Mi pequeño héroe se fue… ¿Se fue?

Ahora no hay duda… se fue.

Pero se queda.

Si yo, o cualquiera de los míos no fuesen capaces de pelear igual que lo hizo él, con ese carácter, con esa decisión.

Si tal ocurriese, no seríamos dignos de compartir la misma sangre.

Adiós mi pequeño héroe… Adiós.

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