Abatida la nostalgia que yace entre los escombros del Muro de Berlín, ¿qué enemigo queda firme ante la utopía maltrecha? ¿Es otro mundo posible?, interrogo. El sociólogo y sacerdote Francois Houtart, de origen belga, que ha entregado su vida para luchar contras las injusticias desde Nicaragua hasta Sri Lanka, revitaliza el sentido de la utopía a perseguir durante el siglo XXI.
Ante el mundo que nos rodea, Houtart es puntual al afirmar que “no podemos ser otra cosa que revolucionarios”. Más aún, debemos utilizar el marxismo, no como ideología sino como metodología de análisis de los fenómenos económicos y políticos de nuestro tiempo. Tanto para “buscar otra manera de construir la sociedad, entender mejor las contradicciones de la sociedad actual e imaginar lo que podría ser otro tipo de sociedad”.
Para Houtart, este camino no implica transformaciones violentas o radicales sino cambios graduales que, aunque pequeños, forman parte de un proyecto global más amplio. Lo importante, insiste él, es que estas reformas graduales permitan construir, poco a poco, el otro mundo posible, sin aplicar remedos o parches al sistema capitalista actual. Porque “el capitalismo es salvaje cuando puede y ‘civilizado’ cuando quiere”.
El lugar de las luchas populares es la sociedad civil, con una aclaración subrayada por Houtart: No es la sociedad civil “de arriba” definida por el Banco Mundial, sino la sociedad civil “de abajo”, porque mientras la primera se reúne en Davos, Suiza, para hacer más funcional el sistema capitalista; la segunda, se junta en Porto Alegre, Brasil, para construir otro mundo posible. El enemigo a vencer es uno: La globalización neoliberal amarrada por la acumulación capitalista, la militarización mundial y la depredación del medio ambiente.
Pues mientras “la globalización apuntala la reestructuración del capitalismo”, argumenta Houtart, “el neoliberalismo expresa una ideología y una sensibilidad que potencia la lógica unilateral del capital en desmedro de la fuerza laboral y de la legislación en la materia, que promueve una tecnocratización de la política y de la sociedad e impulsa un modelo de inserción en el mercado mundial sobre la vía de la apertura y la atracción de inversiones sin preocupación por la sustentabilidad del planeta”.
Esta globalización de corte neoliberal tiene su centro en los países ubicados al norte del mundo: Suecia, Noruega, Dinamarca, Alemania, Francia, Bélgica, Suiza, Austria, Italia, Inglaterra, Finlandia, Rusia, Estados Unidos, Canadá, China y Japón. Desde ahí derraman hacia los países del sur, “una espiritualidad destructiva, derrochadora y desesperanzada del sistema que amplifica la intolerancia hacia las diferencias culturales y las divisiones económicas y tecnológicas” entre los habitantes del norte y del sur. Finalmente, nos recuerda Helio Gallardo, esta es “una geopolítica mundial que garantiza la concentración de los beneficios en el centro del sistema y acentúa las condiciones de polarización mundial y local”.
¿Cómo impacta a nuestro país su inserción a este modelo económico neoliberal delineado desde los organismos financieros internacionales regidos por los países del norte? Entre otros impactos, debe abandonar los proyectos de desarrollo nacional mientras favorece el control de la inflación y el reordenamiento de las finanzas fiscales. Debe destruir el sindicalismo e informalizar la economía; y permitir la concentración considerable de las ganancias entre monopolios, mientras aumentan las desigualdades sociales.
Ante “una apertura unilateral al comercio extranjero, la privatización de empresas estatales, la liberalización del mercado de capital, el ajuste fiscal y la reducción del gasto público” nuestro país debilitó su capacidad institucional para establecer pactos fundacionales o de transición democrática entre los distintos actores políticos, más allá, como insiste Gallardo, “de la demagogia, el personalismo, el militarismo y la corrupción”, como los sufridos durante los últimos nueve años.
Contra toda reivindicación de una nostalgia putrefacta, Francois Houtart se levanta para hermanarse con Eduardo Galeano, otro revolucionario de este siglo, y reconstruir juntos una utopía alternativa con estas palabras: Cuando “ella está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino 10 pasos y el horizonte corre 10 pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré. ¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve: Para caminar”.
Si esa es la utilidad de la utopía, entonces caminemos sin perder la esperanza de un mundo mejor. De otro mundo posible que será parido desde abajo, por la revolución del siglo XXI.
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