La primera imagen de los tres precandidatos presidenciales, bien arregladitos, bien peinaditos y con zapatitos nuevos, parecía la de un puñado de adolescentes rumbo a su graduación de primaria, secundaria o, en el extremo, de aquellos que van felices a “la primera comunión”.

La segunda imagen, luego que los tres fueron cuestionados por decenas de reporteros que los esperaban al salir de lo que parecía su examen profesional, fue precisamente esa, la de aquellos jóvenes que enfrentaron a severos sinodales, para obtener el título profesional.

Y la tercera imagen, y más preocupantes, es el mensaje político y mediático que quiso enviar la poderosa democracia del vecino norteño, a la frágil, niña y tambaleante democracia mexicana. Y parece tan incierta la democracia mexicana y tan poco confiables los políticos mexicanos –los demócratas–, que deben ser examinados por el mensajero imperial. Ese pareció el mensaje.

Y es que resulta de risa –si no es que de risa loca–, suponer que el vicepresidente de EU convocó a Andrés Manuel López Obrador, a Josefina Vázquez Mota y Enrique Peña Nieto para conocer “la neta” de lo que piensan, creen y proponen cada uno de los presidenciales mexicanos.

Pero también resulta grotesco creer que se trató de un encuentro para tirar línea en ambos sentidos –del gobierno de EU a los candidatos y, de éstos al Gobierno de Washington–, cuando las partes, y sobre todo los vecinos del norte, conocen a la perfección lo que son, hacen, proponen y han planteado cada uno de los partidos y sus respectivos aspirantes a la presidencia.

Y si no se trató de una prueba de habilidades, de la graduación como candidatos presidenciales y tampoco fue un examen profesional, entonces la pregunta obliga. ¿Cuál fue el objetivo del poco comedido y harto sumiso encuentro de Joe Biden con los tres suspirantes presidenciales mexicanos?

Se trata, sin duda, de una cortesía diplomática. Es decir, que los “campeones de la democracia” mundial, voltean al patio trasero a dar muestras “claras” de que no tienen preferido, una vez que la naciente democracia mexicana elija a su tercer presidente, luego de la alternancia y la transición.

Y si los vecinos del norte no tienen un preferido, y si los tres aspirantes acudieron gustosos, lustros y con zapatitos nuevos a la salutación al más puro estilo imperial, entonces nadie se podrá quejar, gritar y acusar al imperio norteño de meter la mano a favor del regreso del PRI al poder presidencial; nadie podrá decir que provocaron la caída de los perdedores.

Dicen los expertos en la relación bilateral de México y Estados Unidos, que fue un éxito la reunión, un ejemplo de diplomacia y que se inaugura una nueva etapa de diálogo, directo, entre el Gobierno de Washington y los partidos y sus candidatos presidenciales.

Y seguramente tienen razón, pero también es cierto que nada le quita el tufo imperial, unilateral, autoritario y nada democrático al encuentro de Biden con los presidenciables. ¿Por qué aceptaron el trato poco cortés? Porque cada uno de los tres cree que es lo políticamente correcto. Y es que se trataba de dar la mejor imagen al mensajero del imperio. Y claro, aparecer como bien portados.

Y si tienen dudas, basta ver la transformación que sufrió Andrés Manuel López Obrador, quién pompó ajuar, cambió de look y puso su mejor cara, ¡claro!, para ver escuchar y hablar con el mensajero del imperio. Los electores mexicanos no merecen esa cara y ese lenguaje corporal del tabasqueño quien, en realidad sucumbió a la fuerza del poder.

Pero si se trataba de respetar a cada uno de los partidos, sus doctrinas y sus respectivos candidatos, el señor Biden debió acudir a la casa de campaña de cada uno –o a la sede de cada partido–, para darles su lugar y expresar su respeto; mostrar lo mejor de la democracia norteamericana. Pero no, en lugar de eso, los citó en fila india y los despachó en 40 minutos, para luego acudir al Cerro del Tepeyac. Y claro, ninguno de los tres, y menos sus partidos, chistaron.

¿Y dónde está la ardorosa izquierda; esa que acusaba a los priístas de postrarse ante el imperio, que los llamaba entreguistas y bla bla bla? Pues nada, que se confirma que de la vieja izquierda no queda nada o que, en su caso, vemos a una izquierda domesticada.

EN EL CAMINO

Penoso y triste el papel de Manuel Clouthier Carrillo, hijo del mítico “Maquío” Clouthier. Manuel sabe que nada tiene que hacer como candidato independiente, pero necea y terminará en bufón de la política mexicana. Al tiempo.