Debido a la importancia de su trayectoria y a ser la mujer más importante que ha dado Piedras Negras, año con año recordamos a Rosita Herlinda Saucedo Maldonado, quien nació el 24 de octubre de 1890 en la entonces Ciudad Porfirio Díaz.

Fue la séptima hija de Francisco Saucedo Sanmiguel y de Dionisia Maldonado, oriundos de Melchor Múzquiz, Coahuila. Su padre fue servidor público por muchos años en Ciudad Porfirio Díaz. Su familia fue muy numerosa y su madre se casó dos veces. Estudió en la escuela primaria Benito Juárez y sus exámenes públicos se efectuaban en el flamante Teatro Acuña, que estuvo ubicado por la calle Zaragoza.

En 1908, el gobernador del estado era Miguel Cárdenas, cuando surgió un candidato independiente a la gubernatura, Frumencio Fuentes y en pleno examen público, Rosita Saucedo, que recitaba de memoria la Constitución Política del país, sin que nadie se lo indicase, dijo que en México no había libertad para votar porque siempre se hacía lo que el Gobierno dijera, que no se votaba por Frumencio Fuentes como el pueblo quería, sino por Miguel Cárdenas, por el que se obligaba a votar porque el gobierno porfirista lo imponía, lo que le valió aplausos del público y una severa regañada de su maestra.

Estudió gracias a una beca en la Escuela Normal del Estado en Saltillo en 1909, fue alumna de grandes maestros como: Apolonio M. Avilés, Leopoldo Villarreal Cárdenas y Rubén Moreira Cobos, se graduó en 1911, cuando ya la revolución iniciada por Madero rendía frutos y la ciudad volvía a su nombre de Piedras Negras.

Desde que apareció el libro La Sucesión Presidencial en 1910, se interesó por lo que hablara de este movimiento cívico. Cuando Madero volvió de Ciudad Juárez e inició su regreso triunfal a la Ciudad de México por Ciudad Porfirio Díaz el 2 de junio de 1911, se le comisionó para que le entregara un ramo de flores y le diera la bienvenida al ilustre coahuilense.

A la muerte de Madero se alió con Carranza en su lucha contra Huerta, manteniendo la dignidad de sus ideas en los días aciagos de lucha. Fue la oradora oficial del constitucionalismo en la época que hizo una gran amistad con Venustiano Carranza, gracias a sus grandes facultades para improvisar y expresarse en público.

Se convirtió en propagandista, escribía en la prensa, ayudaba en el hospital y organizaba kermeses a beneficio de la causa. Cuando Jesús Carranza fue fusilado en el istmo, se hizo una velada luctuosa en la ciudad y Rosita fue la oradora; Carranza se enteró y le solicitó el texto del discurso y como siguió su costumbre de improvisar, escribió lo que recordó y se lo envió.

Don Venustiano ya triunfante en 1915, la becó durante un año para perfeccionarse en pedagogía en la Universidad de Nashville, Tennessee. Regresó a la Ciudad de México un año después e ingresó a la cátedra en la Escuela Nacional de Maestros. Pero una mujer como ella, que no podía permanecer dentro de las aulas sin tener relación con el servicio social, decidió regresar a su ciudad y desde 1917, su terruño fue su campo de batalla, del que comentaremos el día de mañana.