9 lecturas





Hoy empezamos a disfrutar de las vacaciones de primavera, que no por casualidad coinciden con la Semana Santa: son una consecuencia de la profunda unión del pueblo con la religión católica. Históricamente, la Semana Santa es el origen de este período vacacional, porque desde que se organizó el sistema educativo como ahora lo conocemos, estas fechas se han respetado, a pesar de las insistentes declaraciones de su condición de laico y de la obstinación a asegurar que no se tienen nexos con ninguna religión.

La Semana Santa no debe ser solamente un período de vacaciones para reconstituir el espíritu y fortificar el cuerpo, sino un tiempo pedagógico de reflexión sobre el acontecimiento que dio origen a estas fechas: la traición, el juicio, el martirio, la muerte y la resurrección de Jesús.

Es la historia del dios que muere y resucita, que se manifiesta en la tierra y luego se eleva a los cielos. Pero que antes, entre estos dos acontecimientos, desciende al infierno. Y yo creo que debió de ser así, porque dudo que alguien entienda lo que es el cielo, que comprenda lo que es la felicidad, si no ha descendido a lo profundo del dolor, a la desesperación, a la nada. Es decir, al infierno.

El mejor ejemplo del infierno es el que nos describió el Dante, plasmado en esa obra considerada por muchos como el mayor ejemplo de la literatura universal, “La Divina Comedia”, que describiendo al infierno lo dividió en siete círculos, donde se ven reflejados en ellos los diferentes pecados que aquejan a la humanidad en esa lejana época, como la avaricia, el suicidio, la lujuria, la traición, la impiedad, el crimen.

Pero el infierno para nosotros, seres humanos del siglo XXI, ya es diferente. Ahora se forma de la angustia, de la soledad, del miedo, de los terribles celos, de las compulsiones a comer, a beber, a tomar cosas ajenas, de la indiferencia hacia los demás, de ese egoísmo absoluto que se manifiesta en el maltrato a los hijos y al cónyuge, de ese deseo de evadirse de las responsabilidades que se traduce en el consumo de drogas, del deseo de vivir bien sin esforzarse, aun cuando tenga que ser a costa de las desgracias y la miseria de los demás.

El Dante situó al infierno en el centro de la tierra. Nosotros sabemos hoy que no está ahí, sino entre nosotros, a nuestro alrededor, o para ser mas preciso, adentro de nosotros mismos. Y permítame decirle que nuestros demonios, los que nos martirizan y en muchas ocasiones nos destruyen, se los heredamos a nuestros hijos en el vano intento de liberarnos de ellos. Y quedan entre nosotros con la enorme fuerza que les da el desconocimiento, la ignorancia o la represión de su verdadera naturaleza.

Y lo peor de todo es que el camino a esa herencia infernal que les damos a nuestros hijos está empedrado de buenas intenciones. Los queremos educar bien dándoles castigos corporales o ignorándolos y esto es la base de la anorexia, de la inseguridad, de conflictos sexuales profundos, de temor al abandono, de sentimientos de rechazo, de problemas con su equilibrio interno, de disminución de autoestima, de una profunda resistencia a aceptar la realidad tal como es, prefiriendo huir a la fantasía, a las drogas o al suicidio. Además, causan asociación fisiológica entre hormonas de agresividad y situaciones que involucran a los objetos de afecto más valiosos en la vida infantil, como los padres, cargándolos de esa ambivalencia amor-odio que marcarán por siempre sus relaciones personales. Esta es la manera como construimos los mas profundos círculos del moderno infierno.

Sírvanos esta semana para reflexionar en lo siguiente: Entre mas feliz haya sido la infancia de las personas, más leve será su infierno.

Comparte ese artículo: Facebook Favicon Facebook Google Bookmarks Favicon Google Bookmarks Twitter Favicon Twitter YahooMyWeb Favicon YahooMyWeb