Un periódico de Estados Unidos, el New York Magazine, publicó hace algunos años, en el 2005, los resultados de una investigación realizada por Stacia Thiel llamada “Todo que usted no desea saber sobre la vida sexual de su hijo”. La investigadora se preguntó si los padres tienen idea de lo que sus hijos hacen cuando no los están viendo y construyó un cuestionario de 37 preguntas, lo aplicó a 100 estudiantes de cuatro escuelas secundarias de Manhattan y luego a sus respectivos padres. Lo que encontró fue que ambos, padres e hijos, viven en planetas totalmente distintos. Por ejemplo, a la pregunta “¿Le has dado a alguien un beso de lengüita?”, 84 adolescentes respondieron que sí, en tanto que sólo 43 padres creían que sus hijos lo habían hecho.
A la pregunta “¿Has visto películas pornográficas?”, 65 jóvenes respondieron que sí, en tanto que sólo 25 padres aceptaban tal posibilidad. A la pregunta “¿Te has masturbado alguna vez?”, 57 jóvenes dijeron que sí y fueron 36 los padres que lo veían viable. A la pregunta “¿Has tenido conversaciones sexuales con un extraño por Internet?”, la proporción fue de 25 a tres. Pero la pregunta más perturbadora fue, tal vez la de “¿Has tenido sexo sin protección?”, y la respuesta fue de 29 jóvenes que así lo habían hecho, por siete adultos que lo consideraban posible en sus hijos.
Y fíjese que Nueva York es una de las ciudades más cultas de Estados Unidos, país en donde la educación sexual entró hace ya muchos años a sus escuelas. Si aún dudamos de la imperiosa necesidad de tener una política integral de educación sexual, que incluya no solamente a nuestros jóvenes, sino que considere a los padres como un elemento vital para conseguir los objetivos, es porque no estamos viviendo el mismo tiempo de los adolescentes.
Ahora imagine usted esta escena: una jovencita le está comunicando a su novio la noticia de que está embarazada. Adivine usted que le responde el novio. En el mejor de los casos, le pregunta él a ella: “¿Y qué vas a hacer ahora?”. En el peor, la pregunta será: “¿Y de quien es el niño?”. No es nada fácil tener a un hijo antes de los 18 años, porque todo se pone en contra. Llega la jovencita embarazada con su familia y les participa la noticia. En el mejor de los casos, la pregunta será “¿por qué nos haces esto?”, y la actitud de los padres va a ser de aislarla, de esconderla, de culparla por haber cometido un delito que manchará por el resto de la vida el apellido y avergonzará a todos. En el peor de los casos, la pregunta será “¿y tú crees que te mereces vivir en esta casa?”, y la querrán someter a fuertes castigos, a humillaciones y no es poco frecuente que se le obligue vivir en otra parte. Y en la escuela reaccionarán de manera muy parecida.
Hasta tiempos muy recientes, las jóvenes embarazadas eran obligadas a terminar sus estudios en su casa o eran expulsadas de la escuela. La pregunta de los maestros es “¿Por qué echaste a perder tu vida?”, y la de sus compañeros será “¿Por qué te comiste el lonche antes del recreo?”, ambas preguntas sumamente ofensivas para la hipersensibilidad de la embarazada. Porque las personas a su alrededor no se preguntan cuáles son las motivaciones profundas que la obligaron a embarazarse.
Y nosotros nos debemos hacer esa pregunta “¿Por qué se embaraza una adolescente?”. Ya no se puede argumentar ignorancia, porque la información sobre los anticonceptivos se les hace llegar desde primaria. Existen tres razones profundas que lo motivan: la soledad, la falta de atención familiar y el miedo al abandono de la pareja. Pero el bebé no es una solución sino una trampa, pero también es el inicio de una etapa de mayor responsabilidad, de madurez acelerada, pues la vida no se acaba ahí. No es señalando con el dedo acusador a nuestras jóvenes que les vamos a ayudar, sino apoyándolas en su proceso de maduración, con respeto y tolerancia porque sólo es el principio de un nuevo estilo de vivir que puede resultar exitoso si no lo tomamos como una tragedia. Y si aún hay quien se oponga a la educación sexual desde el inicio de la escuela, es porque realmente vive en un mundo que no es éste y desconoce lo que es vital para la salud de las nuevas generaciones.
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