La muestra “Los Clásicos” del joven artista Vinicio Fabila —acogida actualmente en Casa Purcell— da cuenta de este oscuro juego hecho de inquietantes preguntas.
El emblemático grabador Armando Meza ha descrito así la obra de este artista plástico: “A Vinicio le sienta bien la nostalgia [...] cuatro placas atacadas con esa rabia dulce que es el percloruro férrico en ese metal ultra reciclable nos muestran cuatro divertimentos sobre aluminio, un metal dúctil que se deja rayar y que se corrompe a golpe de baños, de bruñidos y de líneas que lo ennegrecen.”
El alma dúctil
Meza dice casi todo al definir las cualidades del metal elegido por Vinicio para realizar las placas de su serie, parecería que habla también del alma: un espíritu sometido a las rayaduras de la intemperie, a la corrosión de los días, a líneas que la atraviesan y al herirla la definen.
Vinicio propone una exposición sustanciosa en el sentido de mostrar el proceso todo de las placas impresas, y cómo éstas, recortadas y armadas, conforman una legión de coches que vagan a través de un desierto en miniatura.
Lo quieto y lo móvil
En una muestra que por su oficio y su minuciosidad rebasa el promedio facilista del artista joven (apropiaciones e instalaciones instantáneas, poemas robados y happenings que devienen en celebración social), Fabila recurre a la imagen del viejo automóvil para divagar en torno a las identidades del hombre en el desierto: carrocerías reptílicas, somnolientos ojos de lagarto que indagan desde el epicentro de las temibles llantas; capotes donde la muerte sonríe con suficiencia o el amor en forma de rosa abre sus fauces de suavidad y espinas.
Esos autos de papel que ruedan por un microcosmos con palmas de tinta y papel, nubes que se arraciman en una penumbra, provocan un extraño desasosiego. La mente empieza como una llanta de cara blanca a rodar: los autos como imagen del encierro en la “Autopista del Sur” de Cortázar; los protagonistas de “Los Detectives Salvajes” encontrando su destino final a bordo de un viejo auto en el corazón del desierto; el vértigo y la colisión como aliciente erótico en alguna película de Cronenberg; los carritos que todos rodamos en la infancia, los viejos taxis en las películas en blanco y negro o el yellow cab neoyorquino que en su cíclico rumor, según su propio testimonio, diera a Octavio Paz el ritmo para “Piedra de Sol”.
Dormidos vértigos
Armando Meza, grabador, maledicente y poeta, lo ha dicho mejor: “estampas tridimensionales listas para la colisión de una nocturnidad que no termina de extinguirse”.
Miro los pequeños autos de Vinicio y recuerdo todo lo que nos susurran los cementerios de automóviles. Limbos donde se sepulta a la prisa. Paradas últimas de la soberbia y la civilización, panteones donde se manifiesta en su forma más implacable la victoria del tiempo.
Y colisionan muchas cosas en la azarosa autopista donde se pierden “Los Clásicos”: la inocencia y el agobio, lo veleidoso del amor y lo concreto de la muerte. Una obra perturbadoramente madura, juguetonamente inquietante, para un artista de poco más de 20 años.
Bardo de las bardas
“Como los automóviles que pasaban rápidos por las carreteras con risas de muchachas y música de radios... / Y la belleza pasó rápida, como el modelo de los autos y las canciones de los radios que pasaron de moda. /Y no ha quedado nada de aquellos días, nada, más que latas vacías y colillas apagadas, risas en fotos marchitas, boletos rotos, y el aserrín con que al amanecer barrieron los bares.”
Ernesto Cardenal
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