Cuando un adulto, en alguna conversación de tema navideño y enfrente a un grupo de niños, hace mención de la inexistencia real de ese personaje verdaderamente extraño pero que tiene una gran fuerza simbólica llamado Santa Claus, despierta una enorme cantidad de molestias: “¿Cómo se atreve a hacer dudar a los pequeños de que sí existe Santa Claus? ¿Por qué les quita las ilusiones, tan agradables, de su existencia real? ¿Por qué es tan cruel por quitarles la fantasía a los niños?”

Pero le pregunto a usted que tan necesaria es esa figura en las fiestas decembrinas. Es decir, este mito tiende que desplazar la figura de Jesús en su nacimiento a un segundo plano, introduciendo con fuerza la presencia de un santo, deformado ya, que no tiene mucho parecido con el santo original, San Nicolás de Myra o de Bari (lo que usted prefiera), cuyas fechas tanto de natalicio como de muerte se ignoran a ciencia cierta, que fue adorado como protector de hombres de mar, de perfumistas, de limpiabotas, de banqueros y prestamistas, al que se acudía para que intercediera en las necesidades de tipo económico y de quien, efectivamente, los niños esperaban regalos, en una celebración, el natalicio de Jesús, cuya fuerza radicó en haber tomado la tradición de la Saturnalia romana, en la que se acostumbraba intercambiar presentes, además de muchas otros actos celebratorios, como la colocación en las casas de árboles con velas, juguetes y muchas otras cosas que indicaban el retorno del sol a la tierra, del Sol Invictus. Y para que las gentes recordaran la historia del nacimiento de Cristo, una vez que la iglesia se apropió de esa fecha y lo declaró día del nacimiento del Sol de Justicia, Francisco de Asís armó un nacimiento vivo en una cueva. A este nacimiento, con el tiempo, se le incorporaron cantos, que después se convirtieron en villancicos y luego los demás elementos de nuestro actual ritual, que no incluye en ningún lugar la estrambótica figura de Santa Claus.

El origen de esa figura está distante de la celebración de la navidad. Los emigrantes holandeses en los Estados Unidos, allá por los años iniciales del siglo 19, añadieron al 25 de diciembre la figura de Santa Claus (Sinter Klass), tomado de una leyenda nórdica, con un traje bordeado de piel, conduciendo su trineo tirado por renos, que traía regalos a los niños introduciéndose por la chimenea. Fue una imagen prolífica, pues ha hecho que la navidad se base en la compra de regalos, elaborando una tradición que mueve a la economía de una manera significativa. Y el adulto busca en esa fecha la paz y el gozo en la tradición para tratar de conectarse con personas o situaciones que ya no son del presente, buscando restablecer esa conexión con las personas queridas que nos la enseñaron pero que de tal vez ya no estarán con nosotros

La tradición navideña de Santa Claus, que fue diseñado en su versión actual por el pintor Habdon Sundbloom en 1931 por encargo de la Coca Cola para impulsar una de las más productivas campañas publicitarias de esta empresa, radicó su éxito porque acudió a una característica del inconsciente infantil: el pensamiento mágico omnipotente, que en el niño se presenta como característica hasta alrededor de los seis o siete años. Después, en el salto que da en el espacio transicional comprendido entre el mundo de la fantasía y de la realidad objetiva, empieza a encontrar las leyes de la realidad y ya no le parece posible la leyenda. Por sí mismo inicia la construcción de explicaciones de causa y efecto y cada vez establece mayores diferencias entre lo deseable y lo posible. La imagen de Santa Claus le empieza a parecer imposible y se puede sentir defraudado por el engaño adulto al que fue sometido: su ídolo no existe. Pero quedó en él la sensación de que algo muy querido se perdió y a lo largo de su vida, ya adulto, querrá recuperarlo. Para ello, buscará iniciar a sus hijos en el disfrute del mito, pues si los pequeños creen en él, tal vez sea porque realmente exista en un lugar perdido de la infancia. Y le molesta, finalmente, que alguien le diga a su hijo que Santa Claus no existe, por su propio duelo no resuelto que les dejará un sentimiento de frustración que tratará de satisfacer, inútilmente, el siguiente año.

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