¿Qué es lo que debíamos saber para justificar la agresión? El agresor tampoco sabe la razón por la que agredió a su víctima. Solamente que no pudo detener la explosión de los impulsos agresivos. A lo largo del día debió ir sintiendo crecer dentro de él la sensación de ira y el reclamo actuó como mecha para la explosión que lo liberó, que le hizo sentir un profundo descanso una vez que golpea a su pareja, aunque posteriormente se sentirá tan arrepentido por su comportamiento agresivo que le pedirá perdón insistentemente hasta conseguirlo. Las personas con rasgos narcisistas, obsesivos, paranoides o esquizoides pueden tener una predisposición a los episodios explosivos de cólera en situaciones de estrés acumulado. Estos trastornos explosivos intermitentes, si bien son difíciles de predecir, mandan señales que pueden servir de alerta para que tanto el agresor como su víctima tomen precauciones. Pero si las señales no son atendidas, la tragedia, potencialmente evitable, no se va a detener y les va a obligar a lamentarse diciendo “si tan solo hubiera hecho caso…”
Estamos ante una relación de tipo sadomasoquista, donde el placer se mezcla con el dolor. En la víctima en forma de castigo previo al disfrute sexual y en el victimario, con una explosión de agresión dominante y placentera, que asegura la excitación mediante el control de la víctima, en donde a mayor dominio mas placer, dándole una sensación de virilidad enormemente disfrutable.
¿Por qué soporta la chica un maltrato de esta naturaleza? Porque la enseñaron a soportar los golpes, porque está devaluada y siente que los merece, porque no puede hacer nada por evitarlos. Finalmente, porque ama la mano que le castiga, pues es la misma mano que le da placer y como tiene culpabilizado el placer, siente que sólo se puede disfrutar si hay castigo, previo o posterior. Y todo esto fue enseñado o permitido por sus padres. Si en lugar de la persona anónima que presenció la escena hubieran estado la madre o el padre de ella: ¿Qué hubieran sentido? La violencia contra las mujeres es un problema de un costo humano tremendo, pero invisible y silenciosa. Y lo que es peor: la mayor parte de las víctimas no hacen nada por vergüenza o miedo.
El problema presenta giros graves. El primero es que las mujeres suelen justificar el abuso del que son víctimas. El segundo es la incidencia: Según el INEGI, 9 de cada 100 mujeres son objeto de agresiones físicas, emocionales, económicas o sexuales por parte de su compañero o esposo. El tercero es la consecuencia social que tiene la violencia: lo que se aprende en el hogar tiende a repetirse más adelante. De cada 100 mujeres maltratadas, 65 vienen de familias habitualmente violentas y 45 de cada 100 mujeres maltratadas agreden a sus hijos. En otras palabras: agresión recibida, agresión transmitida. Y el cuarto es que las mujeres no son las únicas víctimas. Los hijos, la familia y los amigos también sufren al presenciar los actos de violencia, al escuchar los gritos o al contemplar los signos físicos y secuelas emocionales producidos por la agresión.
Y esta es la reflexión: la escasa proximidad emocional y el poco compromiso de los padres con sus hijos incapacita a éstos para defenderse de las agresiones, incapacidad manifestada luego en la vida adulta, pero construida en la infancia. Si los enseñamos a protegerse cuando niños, ellos aprenderán a protegerse el resto de su vida. Debemos hacer todos los esfuerzos posibles por frenar los abusos cometidos contra la dignidad, la integridad y la vida de las mujeres y de los niños. Luchar contra esta injusticia también es cosa de hombres.
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