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El Internet es una puerta abierta al mundo. Una puerta maravillosa que nos permite salir de casa sin poner un pie en la calle. Con Internet conocemos lugares y personas que nunca conoceríamos sin esta maravillosa tecnología. Adquirimos nuevos conocimientos, realizamos trámites, estudiamos, nos informamos de noticias de todo el mundo, compramos muchos artículos imposibles de adquirir en nuestra ciudad y nos divertimos a costos bajísimos.

Pero las puertas que sirven para salir también sirven para entrar. Y es ahí donde comienzan los peligros. Si para los adultos los riesgos son muchos, para los niños y adolescentes son aún mayores. En nuestro país, más de 5 millones de menores de 18 años usan de manera regular Internet. Algunos de los peligros a los que están sujetos son el abuso sexual, la pornografía infantil, la extorsión y la explotación, y muchos de ellos son potencialmente secuestrables.

Imagínese usted a una adolescente de 13 ó 14 años, que empieza a sentir que nadie la comprende, que se siente sola porque sus amigas de la infancia empiezan a tener novio, ya no están mucho tiempo juntas y tal vez se desarrollaron físicamente más pronto que ella. Esta adolescente aún tiene cuerpo de niña y es tan inocente como una. Entra a un chat y hace contacto con alguien que le dice que tiene 16 ó 17 años, pero que empieza dándole consejos que la hacen sentirse entendida y luego, cada vez que ella se conecta, él está ahí, lo cual le hace sentir una emoción muy parecida al amor y eso la motiva a intercambiar no solamente su dirección de correo electrónico, sino también su número telefónico y su dirección física. Días después él le manda su fotografía y la convence para que se encuentren en un sitio muy público, al mediodía, pero el amigo cibernético no se presenta a verla. Esa misma noche se conectan y le informa que no pudo acudir porque tuvo un accidente, citándola en otro sitio, ya no tan público ni tan temprano. Ella va, confiada en que se encontrará con su amigo virtual, tan agradable y leal, y es secuestrada, pero no para pedir rescate, sino para entrar a la red de la trata de blancas y la pornografía infantil.

La obligarán a tener relaciones sexuales con otros menores, con adultos, con ancianos, con animales y con objetos, drogándola para que pueda ser filmada o bien haciéndole daño sádicamente.

En estos últimos tiempos, a una gran cantidad de niños de quienes tenemos conocimiento les ha pasado algo muy parecido a esta historia. Es cierto que existe una policía cibernética y que los diputados y senadores han votado reformas para evitar este tipo de secuestro, pero siempre será insuficiente si tanto los padres de familia como los maestros no hablamos del tema con total claridad a nuestros hijos y alumnos, porque nadie va a protegerlos tan eficazmente como ellos mismos.

Pero el problema es que los adultos, en una alarmante mayoría, desconocemos, no sólo la potencia de la red de redes, sino cómo manejarla, cómo navegar por ella y, por supuesto, como proteger a nuestros hijos de todo lo nocivo que puede tener.

Si usted inserta la palabra “sexo gratis” en un motor de búsqueda como Google encontrará más de 8’760,000 de páginas web, casi todas pornográficas, a las que personas, de cualquier edad, pueden acceder. Por ejemplo, una página ofrece fotos y videos porno de sexo anal, oral y duro. Dice: “Sexo y porno gratis actualizado todos los días, videos porno, chat, oral, anal, gay, duro, orgías, grupal, jovencitas, directorio, buscador y fotos gratis”. Y mil monerías más.

Hay mucha más información de la que un niño, aun entrando en la pubertad, puede asimilar sin traumatismos.

¿Y qué podemos hacer? ¿Cerrar los ojos ante una realidad que no debemos ignorar? ¿Quitar el Internet de la casa para obligarlos a ir al cibercafé, o a casa de sus amigos cuyos padres no estén prevenidos de la situación? Nada de eso.

Debemos conocer al enemigo, debemos convertirnos en expertos, para informarlos, para limitar de manera racional su uso, para proteger a nuestros hijos, para evitar que ese torbellino de sexo los deforme y les impida gozar del verdadero placer que se obtiene, siempre, en el cuerpo del ser que se ama, y no en un objeto inexistente. No debemos cerrar los ojos a una realidad que, si la ignoramos, seguro nos devorará junto a los seres que más queremos.
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