Al acercarse un poco más, advirtieron que el pesebre parecía estar envuelto en el sortilegio de los rayos de plata de la luna, y las pajas en que estaba recostado el Niño parecían despedir una luminosidad tan radiante como el oro de los rayos del sol. La misma tierra se había vestido de blanco con sus mejores galas de encaje y pureza de nieve para recibirlo.
Los pastores esperaban que la estrella los condujera a un palacio; jamás imaginaron encontrarlo en un establo. Sin embargo, cuando lo vieron de cerca, el recién nacido se había ubicado en el centro natural del universo, en comunión perfecta con su entorno. Había escogido para nacer un lugar abierto, en el cual participaran todos los elementos de la creación.
Cada elemento parecía decirles algo a los pastores. El firmamento infinito representado por la estrella era símbolo de trascendencia, de vida eterna. En la amorosa mirada con que José y María envolvían al Niño podía advertirse, sin lugar a dudas, la capacidad de amar, facultad por excelencia de la humanidad. La fidelidad de las criaturas de la tierra estaba representada por los animales que rodeaban el pesebre para darle calor al recién nacido. El establo, iluminado por el resplandor de la estrella, representaba un espacio abierto hasta el infinito, en espera de la visita de todos aquellos que quisieran conocer al Salvador.
Los Reyes Magos siguieron la estrella que los conduciría al lugar donde había nacido el Mesías. Era enorme su curiosidad por saber cuál había sido el pueblo elegido para que de él naciera el Salvador. El Niño Jesús era heredero de una muy fuerte visión religiosa de la vida, característica de la cultura israelita del pueblo judío, cuyos valores de pobreza interior, confianza, servicio, disponibilidad, amor a la vida, alabanza a Dios, solidaridad, estaban presentes en las personas que escogió para nacer en su seno: José y María, el vaso perfecto para contener la realidad espiritual del Salvador de los hombres.
Para los Reyes Magos, máximos representantes de la ciencia y de la sabiduría de su tiempo, el cuerpo desnudo del Niño, iluminado por los astros y calentado por las criaturas de la tierra, significaba una ausencia de soberbia, una gran disponibilidad, y una enorme humildad interior. Dios se había hecho presente en medio de una sencillez enternecedora, en el silencio, lejos del bullicio de la ciudad. Se dejaron cautivar por aquella escena en el portal de Belén, que por ser tan humana, era de verdad divina.
Los Reyes Magos jamás habían presenciado un nacimiento tan rico y original que lograra integrar todos los elementos de la naturaleza en armonía, como el que se había dado en ese humilde establo. Para ellos significaba una invitación a todos los seres de la tierra a una convivencia fraternal. Tanto los pastores como los Magos se rindieron de amor a los pies de aquel Niño.
Los pastores, en su sencillez, percibieron el amor y la ternura de la Familia de Nazaret. Los reyes, en su sabiduría, intuyeron que el Reino de Dios jamás sería de poder ni de materia, sino una realidad espiritual que desencadenaría para siempre la buena voluntad entre los hombres. El tiempo mismo se detuvo ante el milagro de aquella escena: A.C. y D.C. Antes y después de aquél Niño que quiso nacer en las pajas de Belén.
En el alma de todos los seres humanos de todas las razas y de todos los tiempos reside una fuerza poderosa para vivir en armonía: la fe, la esperanza y el amor.
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