La renuncia de Humberto Moreira a la presidencia del PRI, en la cual habría cumplido nueve meses ayer domingo, reproduce con cruel puntualidad la crónica garcíamarquesiana de “una sentencia anunciada”. El castillo que empezó a construir entre 1999, desde la Secretaría de Educación, y 2010, en el culmen de su relación con Enrique Peña, cayó de manera estrepitosa. Ciro Gómez equiparó el ascenso del ex gobernador de Coahuila a la sede de Insurgentes y Violeta, con el de Luis Donaldo Colosio, el segundo candidato presidencial que antes de serlo dirigió su partido. El primero fue Lázaro Cárdenas.

La bola de nieve que sepultó a Moreira la echó a rodar Ernesto Cordero, en Torreón, cuando informó, ante decenas de empresarios, que la deuda de Coahuila rondaba los 32 mil millones de pesos, contra 7 u 8 mil reportados. Luego vinieron los escándalos por el presunto enriquecimiento ilícito de Vicente Chaires y Javier Villarreal Hernández, y por último, aunque igual podría ser el principio de otro episodio, la revelación de que el Estado había contratado créditos con documentos falsos.

La caída de Humberto Moreira ocurre en el contexto de la sucesión presidencial y en medio de una fuerte e inusitada presión mediática, como pocas se han visto y frente a la cual la que se ejerció contra Flores Tapia, también para obligarlo a dimitir, parecería cosa de niños. Manlio Fabio Beltrones, que días antes había abandonado la carrera por Los Pinos, no podía irse solo. La “unidad” cobró, en términos partidistas, otra cabeza: la de Moreira. ¿Caerán otras? Es lo más probable.

Moreira se despidió como presidente del PRI en Saltillo. ¿Qué otras facturas le cobran? En la columna “Cambio de gobierno”, del 28 de noviembre, se lee: “La posibilidad de que Rubén Moreira sucediera a su hermano Humberto, aun cuando la transmisión del poder no fuese entre ellos, generó oposición en sectores de Coahuila y de la capital del país. Las constituciones federal y local no lo prohíben, pero un relevo así rompía reglas no escritas. Sin embargo, el candidato del PRI fue legitimado (con una votación sin precedente)”.

¿Qué significa esto? Que además de los créditos por aclarar, los ilícitos por castigar y la acelerada pérdida de credibilidad que anuló la capacidad de recuperación del ahora ex presidente del PRI, fuerzas de ese mismo partido regaron con gasolina las llamas del escándalo que envolvía a su antiguo líder. La misma, vieja y manida historia de siempre: la “nomenklatura” del PRI, como la llamó Salinas de Gortari, se sacudió una figura que no sólo le resultaba incómoda, sino que la hizo sentir amenazada.

¿Qué le aguarda a Moreira? El desgaste que sufrió no lo compensan los triunfos de este año, de los cuales el más importante es Michoacán, por estar en manos de la oposición. ¿Le espera una secretaría en el todavía hipotético gabinete de Enrique Peña? Impensable. Moreira se convirtió en uno de esos personajes prototípicos sobre los cuales los reflectores se encienden ante la menor insinuación o movimiento. ¿Acaso, pues, una senaduría de representación proporcional que no lo exponga directamente al veredicto de las urnas? Quizá. El ex gobernador está políticamente malherido y para nadie es un secreto que siempre ha sido una pieza apetecible para el Gobierno federal.

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