Aferrarnos, es como un castigo impuesto a la fuerza

Nos sentimos alegres, tristes, ilusionados; a veces sentimos odio, amor, o bien, la vida nos parece color de rosa. Dentro de ciertos grados de intensidad todo esto es normal. Somos humanos, y nadie puede evitar sentir una amplia gama de sentimientos y pasiones.

Sentirnos mal es absolutamente normal, pero aferrarnos a sentimientos desagradables es algo anormal. Si falleciera un ser muy querido lo normal es que sintiéramos una gran tristeza, pero quienes desean sentirse mal a toda costa es francamente anormal. Y es que algunos se aferran poderosamente a los sentimientos desagradables convirtiéndose en sus propios enemigos.

Por supuesto que un porcentaje determinado de personas se empeñan en que persistan en ellos sus sentimientos desagradables, y es más: se esfuerzan en provocarlos. Y lo hacen, porque saben por experiencia propia, que el aferrarse a ciertos sentimientos francamente desagradables como la tristeza y la desolación les traerán gratificaciones secundarias: esperan recibir consuelo, la compañía de ciertas personas, y el ser compadecidas.

Esta conducta la repiten casi permanentemente. ¿Pueden hacer algo para terminar con esta conducta enfermiza? Sí lo pueden hacer, y de hecho, una gran cantidad de personas lo logran con mucho éxito y sin necesidad de ayuda profesional alguna, a excepción de aquellos casos graves en los que se dan factores adicionales.

Casi todos podemos darle fin a nuestra perniciosa conducta a fin de soltarnos de los sentimientos desagradables y de ya no provocarlos. El primer paso consiste en tomar la firmísima decisión de acabar de una vez por todas con esa conducta. Decidirnos si en realidad queremos insistir en continuar rebajándonos ante nosotros mismos y los demás. Y si hemos decidido ya no rebajarnos, tomar la siguiente decisión: hacer todo aquello que sabemos que está a favor de nosotros: alentarnos, reconocer nuestros logros, frecuentar a nuestros amigos que nos hacen sentir bien, realizar aquellas tareas que tanto nos agradan, etc.

Nadie nos tiene que decir lo que tenemos que hacer o dejar de hacer para sentirnos deprimidos y desamparados. ¡Nosotros ya lo sabemos perfectamente!, pues es lo que hemos venido haciendo durante muchos años o a través de toda nuestra vida. Ya sabemos cuáles personas nos hacen sentir mal, y sin embargo, las seguimos frecuentando o recibiendo, como si se tratara de un castigo impuesto a la fuerza.

En nuestro círculo hay amistades, conocidos y hermanos de sangre que nos fastidian la vida, y los dejamos entrar a pesar de lo mal que nos hacen sentir. ¿Qué ya no es tiempo de no frecuentarlos y de cerrarles la puerta? Se trata de personas que son increíbles expertos en encontrarnos todo tipo de defectos y de errores en nuestra conducta, según ellos. Pero nosotros a veces les creemos como si se tratara de verdades divinas. O si estamos seguros de que se equivocan, no nos atrevemos a contradecirlos: preferimos quedarnos con su veneno y luego deprimirnos.

Y lo mismo nos sucede cuando nosotros actuamos como si fuéramos nuestros mayores enemigos: entablamos autopláticas en las que nos recriminamos, nos criticamos severamente y sin fundamento, terminando exhaustos y desalentados. ¿No lo hemos hecho muchas veces? Y si nos atrevemos a hacer pronósticos sobre nuestro futuro, preferimos ver nubarrones negros a la distancia, y no praderas verdes iluminadas por un sol radiante.

Algunos de nosotros somos ciegos o con vista de topos para ver nuestras cualidades. ¿O acaso no gozamos de muy buenas cualidades? ¿Y qué decir de nuestra vista de lince o de telescopio, que nos capacita para ver nuestras más inocentes debilidades y nuestros pequeños defectos? Lo bueno en nosotros no lo vemos, y nuestras faltas las agrandamos desmesuradamente.

Critilo está absolutamente de acuerdo que nuestro buen estado de ánimo depende en gran parte de nosotros mismos. Y que para ello, nada más importante que el tomar una de las más cruciales decisiones existenciales de nuestra vida: decidir terminar por completo, con todo aquello que nos degrade ante nosotros; poner un fin radical, a negarnos a continuar manteniendo relaciones con personas que gozan al saber que tienen el poder de hacernos sentirnos mal, así se pudiera tratar de un hermano o un pariente muy cercano; y empezar a pensar y hacer todo aquello que nos eleve, nos construya y nos llene de alegría y fortaleza.