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Dalia Reyes
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03 Enero 2017 04:00:00
Sesenta no es nada
Que nada más van a morirse los que se jubilan, decía Don Chuyito, el vigilante.

Vio pasar a tres generaciones de periodistas y él seguía atendiendo a quien llegara a la redacción, siempre solícito, aunque cada vez más lento. Se jubiló en verano y no tuvo necesidad de esperar al otoño para ver, desde alguna parte, su esquela desplegada en las páginas interiores de la Sección A.

El tema de la edad, aunado al del retiro, son dos asuntos que se comportan cada vez más como imanes del mismo polo. Ser un jubilado parece doler en varios sentidos: La economía, el prestigio, la falsa apariencia de juventud.

En las tribus americanas el retiro implicaba un estado físico, no mental. El guerrero o cazador “jubilado” se retiraba a un cierto lugar de honor y dignidad desde donde podía admirar la fuerza del joven y alimentar su sabiduría en ciernes, pero no se trataba de entablar una guerra por mantenerse en un sitio cuyas exigencias, a causa de la inercia natural, no podían ser cumplidas por una persona mayor.

El término “mayor” se ha ido recorriendo paulatinamente en aras de la mercadotecnia y la postergación del pago de pensiones. Una mujer, por ejemplo, hace mil malabares y otras tantas pantomimas –como decía Doña Rosa– por seguir pareciendo jovial en detrimento, la mayoría de las veces, de su valor como persona experimentada. Poco a poco los hombres han entrado en este juego.

El ámbito académico es encarnizado en ese sentido. Deja abierta la oportunidad a personas de edad cada vez más avanzada, pero deberán de sobrevivir en el mismo campo de batalla que los nuevos profesionistas con tanta inseguridad que la dignidad cosechada durante 30 años de servicio se diluye en actuaciones pobres de cortometrajes que tienen finales terribles cada día de trabajo.

Las ofertas económicas para quien sea capaz de seguir produciendo es como la carnada para el galgo en las carreras: Alcanzarlo con decoro es una fantasía y, en ese empeño, los adultos mayores postergan un plan de vida para después de la jubilación, la cual se vuelve una amenaza contundente nada más de escuchar la posibilidad de hacerlo.

El problema va más allá del mero comentario de pasillo entre empleados jóvenes asediados por los mayores: Es un tema de estudio científico cuyos resultados cada vez influencian más las políticas públicas para volver, ojalá, a los de sesenta y más, un grupo selecto de amplio conocimiento para compartir, pero liberados de la vía rápida que es la vida hoy en día.
Yo sí quisiera ser una sesentona de esas.

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