Por fin, el movimiento encabezado por el poeta y escritor Javier Sicilia se reunió con la Comisión Permanente del Congreso de la Unión, y lo hizo en un escenario de lujo: El Castillo de Chapultepec.

Sicilia, con tono imperativo y por momentos airado, planteó a los diputados y senadores una serie de demandas, los imprecó por su falta de transparencia, y los acusó de ser simples “operadores” de sus partidos, omitir los reclamos ciudadanos de la reforma política y responder a intereses “mezquinos y partidocráticos”.

Exigió a los legisladores, como lo había hecho con el presidente Calderón, que pidieran perdón a los mexicanos por sus omisiones.

Los acusó de darle la espalda a los ciudadanos, mientras sólo se contemplan en el espejo de sus ambiciones, que a la postre se ven traducidas en parálisis legislativa y en una manipulación política que convierte los procesos electorales en un gran negocio para unos cuantos y en un juego cruel de ilusiones para los ciudadanos.

Por eso, adujo, es en nombre de esos ciudadanos, de la justicia, y “también de esta corresponsabilidad que tienen en esta guerra y en este dolor, (que) venimos, en primer lugar, a que reconozcan ustedes también su deuda como representantes del pueblo y pidan perdón a las víctimas y a toda la nación que no han defendido ni representado con dignidad”.

Duras palabras, también posiblemente merecidas en algún caso, que se antojan más fruto de un dolor que bien merece ser compartido, que se entiende bien y cuyo pesar se comparte.

A pesar de ello, y dicho sea esto con el mayor respeto, quizás lo que haga falta a su movimiento sea menos emoción y más razón, porque pedir que sea la ley de seguridad una que redacte la ciudadanía, me parece ingenuamente utópico.

Tiene razón sin embargo, cuando afirma que en el análisis de la iniciativa de ley que ha sido puesta a debate se debe tener buen cuidado –y nunca habrá un excesivo esmero- en no vulnerar los derechos y libertades fundamentales –inscritos o no en la Constitución, digo yo- y también cuando invoca el riesgo de que se pueda llegar a un estatus en que se pueda dar “el oprobio de controlar la corrupción y la ineficiencia de las instituciones con la imposición de un Estado militar y policiaco”.

Con toda la empatía por sus móviles y solidaridad que pueda tenerse con el dolor de las víctimas; en medio de la convicción de que vivimos en una crisis que reclama soluciones profundas, de perdurabilidad en el largo plazo y aun compartiendo la convicción de que la comunidad misma debe tener una mayor responsabilidad en la construcción de los consensos normativos, no puedo menos que decir que el llamado Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad no representa a la sociedad mexicana, aunque una gran parte de ella comparta sus reclamos.

Bien harían los legisladores federales en atender más y mejor las voces y necesidades de sus representados, aunque ello implicara pasar a segundo plano los intereses de los partidos, y harían mejor todavía si, además, transparentaran sus actividades y gastos, poniendo a disposición, de manera accesible, esos proyectos de ley de que tanto se habla. Ese es un reclamo general ciertamente, pero es además un imperativo de la democracia que, imperfecta como sea, sigue siendo el espacio mejor para que quepamos todos.

Si queremos que siga siendo así y que vaya cada vez a mejor, tengamos cuidado en no caer en la trampa de una democracia regida exclusivamente por las mayorías, porque dará sin duda en una tiranía de ellas, por escuetas que fueran. Pero con mayor razón cuidémonos de no caer en aquella que, a invocación de lo que se quiera, pudiera dar en una desarreglada y demagógica “tiranía de las minorías”, que sería sin duda, mucho más onerosa.