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Vicente Bello
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22 Noviembre 2016 04:00:00
Silencio ominoso del Congreso ante la impostergable visión de futuro del país
Desde que Donald Trump ganó la presidencia de su país, que asumirá en enero próximo, México enfrenta una andanada de anuncios de tragedia, de calamidades como no los había escuchado desde los tiempos, acaso, en que fue objeto de anuncios de agresiones extranjeras al grado de invasión.

Un muro que se extenderá a lo largo de la frontera con Estados Unidos, de 10 a 15 metros de altura. La extinción de tratados comerciales que hicieron que México incrementara sus exportaciones como no había sucedido antes. La amenaza de deportaciones masivas de millones de mexicanos que radican en ese país en pos de trabajo que aquí, nuestro sistema económico, no les da. Y el amago del retorno de un gobierno, el estadounidense, que en otras épocas agredió de tal modo a México que le quitó territorio, que lo invadió y que desde siempre lo ha vilipendiado y tratado a puntapiés.

Esto, y más, es parte del futuro ominoso de México. Y entre tanto, ¿qué han hecho los representantes del Estado mexicano para revirar, para responder, para ponerse en guardia, para prevenir lo que, ya no hay duda, se acerca como un turbión?

Ayer, Donald Trump confirmó que no irá con el Acuerdo comercial transpacífico, conocido también como el TPP, como ya reiteró la semana pasada que revisará el tratado comercial que firmaron con Canadá y México en 1993. En cambio, ha dicho que propugnará tratados bilaterales.

En México, la reacción del presidente Enrique Peña Nieto fue de pánico. De sumisión. De acomodarse como se pudiera bajo la nueva sombra, bajo la nueva geometría. Gente de la academia mexicana ha criticado con furor la salida de un presidente mexicano que ha proyectado la impresión de que no sabe qué hacer, no sabe qué decir, no sabe hacia dónde ir.

El Congreso mexicano ha agravado la situación con su pasividad. Ha hecho las cosas estos días como si estuviera expectante de lo que dictara el Ejecutivo Federal en una materia, la de política exterior, donde el Gobierno ha dado muestras fehacientes de nulidad.

A estas alturas del arrebatamiento político de la presidencia estadounidense, por parte de Donald Trump, México tendría que estar buscando respuestas a las interrogantes sobre el futuro de México.

El Congreso mexicano, desde su condición de contrapeso constitucional, tendría que estar instalando mesas de estudio, de reflexión sobre la visión de país tan amenazada por Trump estos días.

No lo ha hecho, por supuesto. Priístas, panistas y la runfla de partidos políticos convenencieros que les acompañan, han permanecido en silencio.

Los regímenes mexicanos prohijados por el PRI y por el PAN se han caracterizado durante decenios por difuminar, hasta su desaparición casi total, cualesquiera visión de futuro de México, para no contrariar esa relación rastrera y cobarde que han sostenido durante décadas con los gobiernos estadounidenses.

Hay una subordinación casi total –apenas rota por la fortaleza histórica, cuasi genética, de la identidad del mexicano con sus culturas ancestrales- de los capitanes de los regímenes mexicanos con Estados Unidos.

La amenaza que implica para el país la asunción de Trump en la presidencia estadounidense, obliga a todos a mirarse a sí mismos, a remirar las instituciones, y para lo que han servido, y a reinventar el país, pero teniendo a la historia como referente.

Un tema profundo que el Congreso mexicano tendría que empujar estos días es el de la revisión de visión de futuro de México.

México tiene enfrente una amenaza muy seria en Trump. Las dos Cámaras del Congreso ya tendrían que estar convocando a la nación a revisar su sentido de identidad nacional. Su proyecto de nación. Y a repensar la política económica de tal modo que quedase enfocada hacia el fortalecimiento de lo interno, con miras a comenzar a sacudirse de una buena vez la feroz dependencia económica de México en los Estados Unidos.

Ochenta por ciento de las exportaciones mexicanas van a Estados Unidos. En realidad, los 14 tratados comerciales que México ha firmado con 46 países no han valido de gran cosa para que Estados Unidos dejen de permanecer como la gran sombra de México.

En San Lázaro, dos diputados priístas decían en susurro la semana pasada que no sería mala idea que México hicieran cosa parecida a lo que Trump pretende en su país, de sobreproteger a su mercado interno.

Cuando se confirmó el triunfo de Trump, el presidente Enrique Peña Nieto se puso como madre ardiendo a defender a ultranza el TPP, como si a México le fuera en ello la vida. ¿Y si no fuese así?

Hay en los territorios de la oposición mexicana mucha argumentación en contra del tratado transpacífico: Una de estas consiste en afirmar, documentadamente, que el TPP realmente es una suerte de caballo de troya para los 12 países, porque los beneficiarios no serán la mayoría sino puras trasnacionales.

Ponen como ejemplo a Monsanto y a Bayer, dos empresas que pretenden meter en todos estos países las siembras transgénicas, que por cierto han sido cuestionadísimas por el Departamento de Salud de los Estados Unidos de América.

En tanto, en México, Monsanto puja incluso corrompiendo a diversas autoridades federales y locales para que la dejan entrar y entonces comience a sentar sus reales.

Lo que llama la atención es cómo el gobierno de Peña se ha puesto a defender a ultranza tratados criticadísimos en México, como si en ello le fuera la vida.

De estos temas es probable que algunos diputados y senadores comiencen esta semana a hablar en lo individual. Veremos.

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