(Otra vez me aprovecho de la euforia futbolera para escribir cosas cursis. Ustedes síganle con su Mundial. Síganle)

No hay manera de simularlo: Querer es una lata. Pero amar -ay, Dios misericordioso- es la guerra. Una guerra perdida. Vamos acomodando los tanques y los misiles en lugares estratégicos para tratar de salvar algo de dignidad. No se puede. Una vez que abres las fronteras todo queda al descubierto; no hay lugar para estar a salvo. En la confusión, tratas de mover tus ejércitos sobre el mapa de la piel creyendo que avanzas. En realidad te entregas. Y entregarse es la derrota.

Estas guerras, por lo menos, son para ceder. Cedes tramos del buró, una de las manijas en la regadera, una parte suficiente de la cama (si no es que toda). Cedes tus noches y tus fines de semana, tus ojos y el empeño. Cedes la cordura porque mientras pierdes, piensas que ganas. Que ganas música. Música de bombas cayendo sobre tus campos sembrados, en las ciudades que construiste en tiempos de paz. (Música. Lo único bueno de mi vida se relaciona con la música. Ojalá reencarne en una hoja notada).

En el exceso de la entrega, alguna vez encerré a mis dos chiquitos a causa de una amiga a la que le daban alergia los perros. Públicamente les ofrezco una disculpa. No digo que ella no se mereciera un sacrificio; ellos no tenían por qué pagarlo. Decreté mi derrota moral y ética. Claro que esa relación terminó mal y una madrugada, cuando los dos me besaban los pies pidiéndome que nos fuéramos a dormir, me hinqué y les dije: no pasará otra vez. Simone era muy pequeña; no entendió. Niño me vio a los ojos torciendo la cabeza y me perdonó al instante, sin aspavientos. Quien me quiera, les prometí en do mayor, los querrá a ustedes y tomará alergénicos o se mantendrá borracha; como desee. No los volveré a encerrar. Para sellar la promesa extendí los brazos a Niño; dio un paso atrás reclamando que lo dejara despreciarme. Qué delicado y amoroso es Niño. Se lo concedí, hombre, faltaba más. Juro que mi perro sonríe como un flautín; y esa noche, como nunca, fue parte de mi orquesta.

Amar es la guerra perdida y hoy vivo en paz. En las noches, los perros y yo salimos a la azotea y regamos las plantas (no es metáfora). He sembrado calabacitas, chile, tomate y espinacas (tampoco lo es). Checamos si brotan; no brotan; nos desesperamos. Creemos que el verano las hará crecer y calculamos que por agosto, cuando en el norte del país se prepare la vendimia, haya frutos pequeños; en septiembre haré ensalada para comerla con aceite de olivo y en paz. Estoy en paz. Alguien me acompañará a los museos en estos días y, si tengo suerte, a ver una película. En paz volveré a casa y regaré las hortalizas, o iré por pizza y cerveza. Seguramente le daré la bienvenida al invierno desde la terraza y vestido de campesino.

Es inevitable que suenen las trompetas y deje el arado y la camisa a cuadros. Plancharé mi cosaca y meteré las balas al revolver; me calaré un casco y cruzaré mi pecho con carrilleras. Acudiré puntual al llamado. Diré: “¡Presente!”, y daré un paso adelante desde la fila. Me envolveré en el olor de la pólvora, en las delicias de los valles cubiertos de detalles por conquistar. Moveré a mis espías por la piel desconocida con respeto y con ganas de triunfo. Ganaré ciertas batallas y las que no son claramente mías, las perderé de antemano. Y al final, en la confusión de sus ejércitos y los míos, ondearé una bandera que signifique “gané”, o bien: “me rindo”. Ella sabrá interpretarla. Para entonces habré perdido.

Si me ven de regreso cargado de medallas; si me buscan y estoy atendiendo mi jardín de calabacitas, chile, tomate, espinacas y quizá garbanzos, es porque he perdido. Escucharé a Bach para darme consuelo. Y si me ven encadenado a su mano, con mis perros y sin trofeos, con la piel rasgada como harapos, es porque he ganado.

No se ilusione: Amar es dirigir, en medio un campo de batalla, un coro dulce que canta a la derrota.

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