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Rodolfo Villarreal Ríos
Rodolfo Villarreal Ríos
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13 Enero 2018 04:00:00
Sobre las experiencias de nuestro pasado a la luz del futuro
Hace unos pocos días, presenciamos eventos que nos hicieron reflexionar sobre como algunas culturas en nuestro país pasaron del esplendor pleno a una condición totalmente marginal. En ese contexto nos pusimos a cavilar sobre lo que actualmente nos sucede. Pero antes de abordar esto, partamos de dar un repaso breve a lo poco que este escribidor conoce sobre culturas prehispánicas.

En medio de la oscuridad resplandecían las luces fugaces acompañadas de peroratas invocando plegarias al dios Chaac. No se trataba de ninguna sesión de chamanes o sahumerios, era el espectáculo que, para turistas, tienen montado desde hace mucho tiempo. En ese contexto, narran la desesperación de un pueblo, el Maya, que ve como los días de gloria que otrora viviera se extinguían y un futuro ominoso aparecía en el horizonte. Y este escribidor, lector aficionado al tema, pero quien no es especialista en culturas prehispánicas, imaginaba el éxodo de los habitantes de aquel pueblo quienes desesperados se dirigían hacia otros sitios en busca de, primero, salvar su existencia y, segundo, dar inició a una nueva. Atrás dejaban las edificaciones que llegan hasta nuestros días, las cuales hoy sirven para que los visitantes continúen preguntándose como aquellos seres que fueron capaces de construir esos auténticos monumentos arquitectónicos y los adelantos que poseían en el conocimiento, terminaron por convertirse en habitantes marginales de lugares en donde nunca recuperaron lo que llegaron a ser. Y aun cuando se pueda decir que los dioses los castigaron por su mal comportamiento y los excesos, al final, son pueblos y sus habitantes todos, sin importar el lugar que se ocupe en el contexto del diario vivir, los responsables de que las sociedades se degraden o se extingan. Y aquí no debemos de olvidar, que no obstante el alto grado de desarrollo alcanzado, la sociedad de los Mayas estaba totalmente estratificada y las clases sociales eran perfectamente delimitadas. Sin embargo, en la información que nos llega hasta nuestros días, siempre ha de prevalecer la pregunta: ¿Qué mas hubo en aquella cultura? Desafortunadamente, no solamente para nosotros legos en el tema, sino para los especialistas la respuesta siempre quedara en el aire. La bestialidad, no hay otro calificativo que darle, de Fray Diego de Landa es la responsable. Debemos de recordar que este fulano en su labor evangelizadora, como todos los matasiete incapaces de confrontar las ideas, se dio a la tarea de exterminar la abrumadora mayoría de los Códices Mayas y poco es lo que quedo de pruebas documentales. Pero vayamos a otra de las culturas prehispánicas.

A la clase dirigente de los Toltecas, narran los que conocen el tema, en medio de sus días de esplendor, les dio por practicar los sacrificios humanos para agradar a los dioses. Ello, provocó el disgusto de aquel sacerdote blanco, barbado y sabio a quien identificaban como Quetzalcóatl quien se oponía a esas prácticas atroces. Sin embargo, pocos fueron quienes hicieron caso a las admoniciones. Los habitantes decidieron alinearse con las clases dirigentes y dar rienda suelta a la practica de aquel salvajismo. Cansado de ver como la cultura era derrotada por las practicas barbáricas, un buen día, Quetzalcóatl decidió emprender la marcha y tomó camino hacia el este para no regresar jamás. La leyenda cuenta que fue a parar por los rumbos del sureste mexicano en donde fue conocido como Kukulcan. Mientras tanto, en medio del festín de sangre, los Toltecas iban dejando atrás sus días de gloria hasta convertirse en cultura marginal, pero con un amplio acervo de constancias de lo que habían sido en sus días de esplendor, lo cual permitiría se edificara otra cultura a partir de ahí.

Cuando aquella tribu nómada, los Mexicas, arribó al Valle de Anáhuac, las que dominaban la región las enviaron a vivir a un sitio en donde no había más que alimañas y pedregales. Sin embargo, poco a poco, el espíritu de aquellos guerreros les permitió irse apropiando del liderazgo en esa zona. Cuando ya lo tenían, y empezaba la construcción de su imperio, requirieron de crearse un pretérito glorioso y armar su cultura. Para ello, recurrieron a apropiarse del pasado Tolteca y a partir de ahí reescribirlo teniendo a los Mexicas como protagonistas centrales. Con eso, formaron una sociedad perfectamente estratificada en donde las clases sociales estaban bien determinadas y para nada existía la movilidad. En sus años de esplendor fueron miembros de una sola familia quienes se desempeñaron como sus dirigentes máximos. No era el paraíso que algunos nos han tratado de vender lo que operaba, era una sociedad clasista y un gobierno imperial que por todos los medios buscaba someter a sus vecinos.

Esto terminaría por provocar resentimientos entre los miembros de otros grupos aborígenes. En medio de todo ello, las clases dirigentes eran profundamente religiosas y vivían prendidos al hecho de que proveniente de la región del este habría de retornar el dios Quetzalcóatl, no era otro sino el sacerdote tolteca que por ahí había marchado. Por ello, el día que Moctezuma Xocoyotzin se enteró de que por ese rumbo venían hombres blancos y barbados creyó que tendría el privilegio de tratar directamente con los dioses. Lo que siguió ya lo sabemos, la cobardía, los resentimientos, las traiciones, la enjundia de los visitantes y la viruela del africano terminarían por dar fin a la cultura Mexica para franquear el paso a tres centurias de coloniaje en donde la exacción de los recursos naturales, el fanatismo religioso, la estratificación social y el poder de un dirigente único, terminaron por amalgamarse con los vestigios de las culturas derrotadas. Así, llegamos al Siglo XIX.

Procedimos a nacer como país independiente sin quitarnos ninguno de los atavismos de nuestro pasado indígena-hispano. A lo largo de la centuria, unos y otros trataron de repetir el modelo de un dirigente fuerte. En el inter, se dieron los divisionismos, lo cual fue aprovechado por traidores y bendecidos para acabar entregando medio país a cambio de unas monedas. Tras de ello, fue necesario la aparición de seres ilustrados quienes con sus acciones lograron finiquitar lo que era un conglomerado de feudos para dar paso a una nación. En ese empeño requirieron proceder con un ataque frontal a la institución partidaria del atraso y el oscurantismo, mientras se echaba fuera al invasor alrededor del cual los añorantes del clasismo buscaron recuperar su status quo.

Se trató de fomentar un nuevo concepto para impulsar el desarrollo y el crecimiento económico. Hacia finales de aquella centuria, volvimos al poder centrado en un solo hombre y a su alrededor la creación de feudos de poder económico y político. La estratificación social se endureció mas que nunca y el crecimiento nunca fue acompañado por el desarrollo y, a principios del siglo XX, nuevamente tuvimos que volvernos a enfrentar para reinventar la nación nuevamente.

Durante todo ese espacio habría de nacer un nuevo país. Con todas las virtudes y los defectos que se quieran asignar, al final de la centuria éramos otros. Ha sido, a lo largo de toda nuestra historia, el único periodo en donde durante etapas diversas, el crecimiento y el desarrollo fueron de la mano. La movilidad social existió y la educación de calidad fue accesible para las mayorías. Sin embargo, durante todo ese lapso, prevaleció la percepción de un dirigente fuerte y hacedor de todo lo bueno y lo malo, algo que proviene desde la forma en que operaban nuestras culturas prehispánicas y ha prevalecido a través de los tiempos.

En lo que va de esta centuria, nos hemos vistos inmersos en un proceso, el cual fue iniciado a finales del siglo pasado, en donde al cambiar el modelo económico se ha buscado acompañarlo de una nueva forma de sistema político. Ni uno, no otro, han dado los resultados esperados. El crecimiento económico ha sido magro y el desarrollo ha brillado por su ausencia. La forma de hacer política ha caído a nivel de lavadero y, por momentos, pareciera que la gobernabilidad no existe. Sin embargo, en todo ello hay una parte que nadie queremos aceptar, la responsabilidad que cada uno de nosotros tiene en todo esto. Todos somos poseedores de la verdad absoluta y nada aceptamos de lo que otros nos digan. Nos creemos capaces de arreglar las cosas de un plumazo y somos críticos atroces de quien no coincide con nuestro punto de vista, eso sí, hay de aquel que no emplee la corrección política hacia nosotros, de racista, barbaján y quien sabe cuántos epítetos más le endilgamos. Es sumamente difícil entablar diálogos para debatir posiciones. En asuntos relacionados con la interpretación de la fe, existen los puros y castos que ven como si se les apareciera lucifer a quien osa emitir una interpretación distinta a la que ellos tienen. Al amparo de las redes sociales, se crean y deshacen famas sobre lo que se simpatiza o lo que no se está de acuerdo. Todos sabemos como se pueden arreglar nuestros problemas. En medio de todo ello, tenemos una sociedad que cruje en sus cimientos. Por un lado, demanda gobiernos fuertes, pero a la vez no quiere que se ejerza la autoridad. A la par, los miembros del sector privado pasan el tiempo endilgando culpas a otros y no asumen la responsabilidad que les corresponde. Entre ellos, prevalece la queja sobre la corrupción gubernamental y resulta que muchos de ellos son la contraparte de ese fenómeno. Hoy los profesionales a toda costa buscan galardones académicos de plástico, hay fiebre por obtener maestrías y doctorados con tan solo acudir una vez por semana a platicar con un asesor y al cabo de un año, vía la elaboración de un escrito de no más de 20 cuartillas, obtener el grado vacío de conocimientos. En nuestra relación con otros países, todo lo vemos desde una perspectiva maniquea. Atacamos a los dirigentes porque actúan primariamente en función de sus intereses, mientras demandamos a nuestros gobernantes que actúen anteponiendo los nuestros para satisfacernos. Ante todo, como país lucimos cual embarcación al garete. Nadie queremos aceptar el pedazo de responsabilidad que nos toca para que las cosas no marchen adecuadamente. Siempre será más fácil responsabilizar a otros de lo mal que van las cosas o bien acabar por creerle a charlatanes que prometen arreglar todo de “manera facilita y rápida.” Esto no es más que una falacia, nada es producto de suertes mágicas. Debemos de partir por reconocer de donde provenimos como sociedad, las culturas indígenas e hispana son nuestro origen con todos sus defectos y virtudes. En centurias muy poco es lo que hemos cambiado en cuanto a nuestra forma de gobierno y de operación. Somos una sociedad que aspira a tener un dirigente que proyecte fuerza, eso, querámoslo o no está en nuestro ADN, claro podrán decirnos que mentimos, pero un análisis profundo al respecto nos terminaría por dar la razón. Sabemos que lo que apuntaremos a continuación nos podrá ser criticado, pero es nuestra perspectiva sustentada en el análisis.

A lo largo de centurias, lo que hoy es nuestra nación ha visto el esplendor de las culturas teotihuacana, maya, tolteca y mexica; el predominio de la corona española sobre nuestras tierras; la trasformación de un conglomerado de feudos en una nación; el ejercicio único del poder por mas de tres décadas; la prevalencia de un partido mayoritario por siete décadas; el intento del cambio de modelo político-económico a lo largo de treinta años. Al final, de entre todas esas épocas solamente en una de ellas ha sido factible que el crecimiento y el desarrollo económico marcharan de la mano, la educación de calidad fuera accesible para las mayorías, se generara y existiera la movilidad social, reconozcámoslo y a partir de ahí entendamos que es factible acceder a nuevas formas de enfrentar el futuro. El dar crédito a lo positivo del pasado no implica querer vivir en él, sino utilizarlo para transformar y realizar los cambios que sean necesarios para poder enfrentar el porvenir. A la par es requerido romper atavismos, las culturas que nos antecedieron acabaron por perecer por andar creyendo en supercherías y retornos mágicos, por conservar estructuras sociales anquilosadas, pero sobre todo por no ser capaces de mirar hacia el futuro reconociendo los aciertos y estar prestos a corregir errores.

Nada habrá de obtenerse de gratis, ninguna sociedad puede avanzar basada en la limosna o la beneficencia, quien promete o espera eso estará condenado al fracaso. La responsabilidad es de cada uno y ella debe de afrontarse con honestidad y pragmatismo.

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Añadido (1) Con esta son 700 las colaboraciones que hemos elaborado desde que, en noviembre de 2003, retornamos al ejercicio semanal de la palabra escrita. Nuestro agradecimiento a quienes nos permiten que nuestros puntos de vista ocupen un espacio en Zócalo de Piedras Negras, Ciudad Acuña y Monclova, Coahuila; Nuevo Día en Nogales, Sonora; http://www.guerrerohabla.com en Taxco Guerrero; y http://www.todotexcoco.com en Texcoco, Estado de México. Y por supuesto nuestra gratitud hacia usted lector amable, único, que nos favorece con la lectura de lo que aquí expresamos.

Añadido (2) La escuela del saltimbanquismo en México tuvo como exponente máximo durante el Siglo XIX a su alteza serenísima, Antonio de Padua María Severino López de Santa Anna y Pérez de Lebrón. En el Siglo XX y lo que va del XXI, en lucha encarnizada, acabaría por adueñarse de la representación máxima de ese instituto infamante, el guanajuatense por derecho de sangre, Porfirio Alejandro Muñoz Ledo y Lazo de la Vega. Sin embargo, cada vez hay más competidores en eso de la machincuepa, y como aún le faltan ocho décadas a este siglo, pues nada le asegura a este último personaje que podrá sostenerse en ese lugar deshonroso hacia finales de la centuria.

Añadido (3) En México, en julio se votará para presidente y el Congreso, los resultados lucen inciertos. En los Estados Unidos de América, en noviembre hay elecciones para el legislativo y la moneda está en el aire sobre cuál partido controlara las cámaras. Para documentar el optimismo de quienes ven una firma próxima del TLCAN.

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