Durante años los he cargado de casa en casa. No veo para cuándo la despedida.
En donde vivo ahora quiero estar unos años. (Nunca creí que eso sería posible en mí: planear por unos años). Pensaba que era mejor ocultar el silencio con fiestas, con inauguraciones de departamentos, como la señora Dolloway. No será así. Ahora tengo dónde vivir de fijo. Supongo que me estoy haciendo viejo; otra señal es que el silencio se me ha vuelto mantequilla para el pan de diario.
En realidad tengo problemas para despedirme de todo aquello que me acompaña y me ayuda –o me ha ayudado– a transitar los días: desde un bote de champú hasta unas bocinas viejas que no me atrevo a tirar aunque ya no le quedan a las iPods, a las computadoras o a mi vida. Desde que era muy joven apilé ideas y objetos. E hice pequeñas ceremonias para despedirles. Ceremonias breves, simbólicas.
Hoy, por ejemplo, empecé a escribir este texto muy de mañana porque me puse una camisa con la que parecía vagabundo. No me importa vestir de vagabundo si mi corazón lo es. Pero porque nadie que se aparezca con harapos en un empleo es bien visto, esa camisa fue condenada a no regresar al closet. Me atreví a dictarle una condena súbita. Por un lado me dio gusto encontrarla raída; significa que su existencia tuvo sentido. Y me dio tristeza despedirla, más con el closet lleno de vejestorios.
La tomé, la acompañé a la puerta; le ayudé a entrar en una bolsa. Volví a la cama y me dio angustia, melancolía. Casi me pongo a llorar. Ni siquiera supe si esa camisa se distinguía de las otras; seguramente no. ¿Y si la camisa decide no irse, señor Páez? ¿La retienes? ¿Le abres un espacio entre las otras? ¿La abrigas? Qué difícil es despedirse de los recuerdos.
Todo en mí suda a recuerdos. Soy un trapo viejo y raído. Aquí encuentro una razón para ser solidario con esa camisa y con el resto del closet. Por eso acumulo y amo hasta el final. Por eso me abrazo de ropa y recuerdos. Qué complicado me oigo cuando leo este párrafo en voz alta, pero trato de explicarlo: Desearía que el ayer fuera hoy, aún cuando en el techo de mi casa ha nacido la esperanza: reventaron las semillas de calabazas que sembré y las espinacas son hebras verdes. El verano es un hecho aunque Simone y Niño, vencidos por el sueño y por Vivaldi, se tiran a un tapete. La tomatera florea y un Herradura blanco hace ver todavía más intrusivo el anuncio de vodka que brilla en el único horizonte al que aspiro desde mi azotea: el horizonte ruidoso de las avenidas. Y con todo, prefiero el pasado que el presente.
Debería llamarme con otro nombre. ¿Sirve? ¿Es el nombre el que lleva los recuerdos? Voy a rendirme a quien me tire al basurero porque sería el vagabundo perfecto y por amor. En los basureros sobreviven los recuerdos. Los basureros son el paraíso de los recuerdos. Sobreviven en silencio y sin quejas. Y yo me siento recuerdos y silencio. El ruido es un baile de quinceañera para los que no quieren recordar. Yo recuerdo.
El único problema de los vagabundos es la conmiseración. La pena malentendida de los otros. Si pudiera vivir sin la condena de ésos otros; si pudiéramos vivir como queremos, la felicidad empujaría un carrito de supermercado lleno de trapos viejos. Yo llevaría mi closet en él. Le abriría un lugar especial a la camisa que refiero. Me abrazaría de mis perros y de las cosas que acumulo con amor. ¿Ven?, sería un vagabundo perfecto.
Hay momentos, como hoy, en los que tiene sentido el último día de mi vida.
***
(Y si alguien me pregunta qué es lo que más me jode –y apártese de mí cualquier diagnóstico médico– responderé que es recordar. Jodida paradoja. Recordar es volver a despedirse. Es tomar otra vez la decisión equivocada. Es no saber nunca más cómo habría sido si las cosas mantuvieran su rumbo).
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