El western fue ante todo una mitología, un paisaje espiritual y geográfico: una concepción del mundo. Es opinión unánime su deceso hace mucho tiempo. Aunque muy de vez en cuando, algún terco genio desentierra los irredentos huesos para lanzarlos una vez más a conquistar el horizonte.

Una red de agujeros

El gran escritor mexicano Javier García-Galiano ha afirmado que el western era entre los géneros cinematográficos el más minimalista: bastaba un caballo, un atardecer, un ajado sombrero, un callejón de tierra, un sórdido salón y un hombre al límite de sí mismo para narrar bien una historia. Era poderoso en el sentido de decir mucho con muy poco. Pero más que eso, su valor era la recreación de un paisaje: el viento y el sol sobre las colinas, el clima como un cincel sobre el rostro y las almas de los hombres. Los mejores westerns fueron siempre una épica intimista y una narrativa del espacio. Todo hablaba de la intemperie.

Un mismo río

Rico en historias y tramas, también fue un diálogo a través del tiempo. El más autorreferencial de los géneros. Kurosawa clonando la mirada occidental de John Ford para “Los Siete Samuráis” (con su plano inicial como declaración de principios: una extensísima llanura que, bajo el presagio de un amenazador cielo nublado, es cruzada por unos jinetes cuya silueta se recorta contra el horizonte); John Sturges homenajeando al japonés con “Los Siete Magníficos”. Kurosawa replicando con “Yojimbo”, para ser casi calcado al detalle por Sergio Leone en “Por un Puñado de Dólares”, quien reinventó su estética a través de novedosos recursos de edición y música incidental: látigos y campanas, armónicas disueltas en la lejanía; instrumentaciones que ilustraban emociones, intenciones, pensamientos. El director italiano planificaba sus encuadres de acuerdo con la música previamente escrita por el maestro Ennio Morricone. Asimismo, el género resignificó al villano cinematográfico. Le dio matices; lo volvió humano. Fue territorio fértil para malvados inolvidables: un maquiavélico Lee Van Cleeff, o un pintoresco “Indio” Fernández como el General Mapache en “La Pandilla Salvaje”, la obra cumbre de Sam Peckinpah filmada en Parras, Coahuila.

Héroes convocados

Todos los protagonistas del género fueron hombres maltrechos, desde el melancólico Gary Cooper en “High Noon” hasta el rabioso Clint Eastwood de los “Spaghetti Western”. Todo hablaba de soledad. Es cierto que las películas de vaqueros ya no son una industria -“Se fue John Wayne y el pueblo es un fantasma”, lamenta burlón Jaime López- pero es un género que sigue vivo con “Unforgiven”(1992) de un Eastwood en su mejor momento. Mantuvo el respiro con la hiperviolenta “La Propuesta” (2005) situada en Australia y escrita por el gran músico Nick Cave, y se irguió y echó a andar con la maravillosa “El Asesinato de Jesse James por el Cobarde Robert Ford” (2007). Ahora, cabalga de nuevo con la artesanal, humorística y amarga visión de los hermanos Coen en “Valor de Ley”. Curiosidades del género: la cinta está basada directamente de la novela de Charles Portis que inspirara la primera versión para cine y diera el único Óscar al legendario John Wayne, en 1969. Lo autorreferencial: Josh Brolin, quien personifica al torpe y desalmado villano Tom Chaney en esta versión, recién encarnó al confundido protagonista de “No es País para Viejos” y a Jonah Hex, el desfigurado jinete extraído de los cómics, personaje que al igual que esta película con sus antecesoras, resume su poder y su valor –su sobrevivencia– en su don para dialogar con los muertos.

Bardo de las bardas

”Llegamos hasta aquí, no lo arruinemos pensando”.

Clint Eastwood
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