Los mexicanos somos gordos y queremos estar gordos, según parece. No vamos a dejar la comida deliciosa de nuestra cocina mexicana, ni las frituras y dulces, ni el refresco embotellado, las galletas, las gorditas. No importa si aumentamos de peso, porque mañana sí nos pondremos a dieta. Estos deliciosos churros los comeremos hoy, solo hoy, y mañana Dios nos ayudará a recuperar la línea.

Y no importan las falsas noticias que nos martirizan con la información de que somos el país con más gordos del mundo. Ya supimos que no son ciertas. Mauricio Hernández Ávila, subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud, de la Secretaría de Salud federal entendió que con nuestro estómago no se juega y se apresuró a declarar, aunque según él muy apenado, que se equivocó la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) en su informe, el cual señala que México es el país con más personas obesas en el mundo, a pesar de que unos días antes, la misma Secretaría de Salud había avalado sus resultados.

El argumento de nuestro cómplice consiste en que “La organización reportó para EU un indicador que es obesidad autorreportada, que no tiene que ver con las cifras reales del país, que es de 34% y 32%, en hombre y mujeres, respectivamente, y nosotros estamos 30%, o sea que estamos en segundo lugar”.

¿De dónde sacaría sus cifras más reales que las de la OCDE? No lo dice. Pero muy probablemente él salve su empleo y nosotros podamos seguir comiendo molletes y semitas sin sentimientos de culpa.

No queda duda de que la comida está ligada a las emociones. Pero no solamente con las emociones negativas. La comida es una fuente intensa de placer, que puede equilibrar sensaciones de angustia y de dolor. Los hábitos alimenticios también provienen de factores infantiles, porque finalmente nuestros padres fueron los que nos enseñaron a comer, nos hicieron grato o no grato el ambiente a la hora de presentarnos los alimentos y estos factores determinan, en mucho, la calidad y cantidad de la ingesta subsiguiente. Es decir, somos gordos o flacos antes de serlo.

Ahora lo peor de todo: si la obesidad es un comportamiento anómalo o una respuesta fisiológica incorrecta frente al ambiente o a los estresantes sociales, entre más violencia incontrolada exista en nuestro país, más seguiremos aumentando de peso. Porque parece haber una correlación directa entre el problema de inseguridad y el sobrepeso.

Pero si el Gobierno federal, sin solucionar los conflictos económicos que estresan o la situación de violencia extrema que angustia, nos va a someter a campañas de reducción improvisadas como las que acostumbra (recuérdese las declaraciones de los secretarios de Educación y Salud contra la comida chatarra, y su posterior marcha atrás), va a provocar trastornos alimentarios tales como la anorexia o la bulimia, que nos harán pasar a ser los seres humanos con el sistema inmunológico más débil del mundo. Pero no importa, porque ya nos gustaron los primeros lugares.

Las campañas que desarrolle el Gobierno federal deben ser integrales. Se debe poner énfasis en la educación de la fuerza de voluntad hacia la cantidad de alimento y la escuela, tanto como la familia, deben saber cómo educar en el autocontrol. Y también deben tener claro que una buena crianza logra que los adultos seamos menos vulnerables al hambre provocada por angustia al reducirse la intensidad de las respuestas del sistema de hormonas del estrés. Sin duda, quien sufre abusos durante la infancia es más vulnerable al estrés. Por ello, el presupuesto a la educación inicial, ahora casi inexistente, debe aumentarse.

Tampoco necesitamos mucha comida para ser muy inteligentes. Nuestro cerebro sólo consume al día el equivalente a dos plátanos, es decir, 12 vatios, menos que la que necesita el foco de su refrigerador para encenderse. Ojalá que al planificar sus campañas antiobesidad tengan a la mano suficientes racimos de plátanos para inspirarse.
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