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Dalia Reyes
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17 Diciembre 2016 04:00:00
Sonora sonada
Ya con las vacaciones encima, nunca vi a mi madre hacer itinerarios; todo estaba previsto: Dos semanas de vacas en el rancho y ni siquiera habíamos preguntado a los papás si ese sería el destino… no existía la posibilidad de otro.

Había opciones: acampar arriba de la montaña, en medio o abajo; quedarse en la casa del abuelo dentro de una enorme recámara enjalbegada o en el tapanco. (La mitad del patio estaba reservada para los muchachos que se iban al baile y llegaban muy tarde: Sus cobijas las encontraban tendidas sobre el polvo y en la mañana, muy temprano, don Felipe los levantaba a golpes de flit, como se llamaba antes el Raid Mata Bichos)

Lo extraño era que mi madre no hacía un itinerario para mantenernos ocupados, cada quién era responsable de su ocupación o aburrimiento. De cualquier manera, la única dificultad que se presentaba era que ella no podía encontrarnos, pues cada uno de los siete arrancaba con rumbo desconocido por los entresijos de aquella casa vigilada por un pirul. (Ese árbol era la amenaza para los niños mal portados, pues el abuelo decía que amanecerían en sus ramas, colgados de los pies)

No había televisión –ni energía eléctrica–; nosotros fuimos los protagonistas en todas las aventuras. Yo empezaba de princesa, pero acababa cojeando porque algún “perro” –planta espinosa– se me clavaba en los pies traspasando mi tenis de lona; a veces volvía como un polvorón, pues algún burro tuvo la osadía de llevarme a cuestas antes de que lo montara; otras ocasiones resulté ilesa al brincar una barda con tal de escaparme a deshoras de la casa: ¡las 5:00 de la tarde!

Creo que fuimos algunas veces a la iglesia, hasta que a mi hermano se le ocurrió sonarse la nariz con la pañoleta de una señora sentada en la banca de adelante y salimos todos sigilosamente en tanto el padre rezaba algo en latín y yo lo entendía en chino. Otras ocasiones íbamos a la plaza, pero un policía nos recriminaba nuestros juegos y decidimos hacerle la vida difícil para que no encontrara al primo escondido dentro de un bote de basura, a donde lo metimos porque se dejó alcanzar.

Dos semanas de vacaciones eran una gran oferta, sin promoción ni paquetes de viaje redondo. Debo reconocer que esas temporadas en la vida natural me dejaron lista para sobrevivir en otras junglas.

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