Eduardo Medina-Mora Icaza, ex procurador general de la República desde el primer minuto del cuestionado mandato presidencial de Felipe Calderón y ahora embajador en Gran Bretaña, no ha explicado jamás algunas de las singulares circunstancias que le impulsaron al estrellato político y ha optado, una y otra vez, por dejar pasar no pocos señalamientos controvertidos. Ahora, en referencia al operativo “Rápido y Furioso” que, fundamentalmente, proveyó de armas a los mafiosos con el consentimiento de la Casa Blanca.

La historia es larga. Nunca respondió, por ejemplo, a las acusaciones directas por haber fraguado la célebre cruzada del espionaje, acaso para cumplimentar a las damas poderosas del sexenio foxista –Marta, la de las muchas faldas, y Elba, la novia de Chucky-, para exhibir, trampas de por medio, a varios de los personajes que conformaban “el peligro para México”. Y lo hizo desde su antigua posición de director del Centro de Investigación y Seguridad Nacional (CISEN).

Tampoco ha explicado los fundamentos de su incorporación al primer cuadro del gabinete presidencial en 2005, como secretario de Seguridad Pública nada menos, tras la muerte de Ramón Martín Huerta, el anterior titular del ramo, tras el colapso del helicóptero en el que viajaba. Las indagatorias al respecto, siguiendo la rutina de los grandes escándalos criminales desde el poder, fueron encapsuladas por doce años en la condición de “información reservada”. Si tal es así, nos queda claro que la versión, superficial y automática, sobre un mero accidente queda superada por el tratamiento gubernamental a un hecho obviamente comprometedor. En pocas palabras: Es evidente que se tuvo miedo a difundir las líneas generales de la investigación porque hubiese sido imposible sostener la cerrada versión oficial.

La sospecha quedó atrapada en una sentencia del entonces presidente Fox que hemos comentado recientemente: Calificó la muerte de su colaborador como “heroica”, un término aplicable a quien muere en batalla o es víctima de arteros criminales que violentan la vida institucional. Si los accidentados fueran héroes el calendario cívico no alcanzaría para recordarlos. Bueno, tampoco a quienes caen y luego simplemente son apartados de las efemérides luego de uno o dos aniversarios. La amnesia colectiva, el recurso mayor de los grandes manipuladores de conciencias, acaba por imponerse.

Medina-Mora, muy ufano, declaró en 2008 con motivo de la reunión bilateral “de alto nivel” de Seguridad y Justicia México-Colombia, que se había “subestimado” el poder del narco en cuanto a su capacidad para generar violencia, poder económico y “destrucción de instituciones”. Una precisión oportuna cuando los calcinados restos de Juan Camilo Mouriño y José Luis Santiago Vasconcelos estaban todavía calientes en la conciencia general por más que se insista en el estribillo propuesto por Luis Téllez Kuenzler, entonces secretario de Comunicaciones: “No hay elementos para sostener ninguna otra hipótesis distinta a la del accidente”. Lo singular de la cuestión es que tampoco los hay para asegurar lo contrario. Se trata de un juego de palabras para matizar rumores y volver a apostar por la efectividad de la medicina del tiempo. Que pasen los meses y las presiones, se espera, amainarán.
Medina-Mora llegó a la Procuraduría cuando más se insistía en sus aportaciones a la cúpula de la derecha en el poder. Esto es, reconociéndose los saldos políticos de sus labores de espionaje –al más puro estilo fascista, esto es invadiendo los espacios privados y extendiendo la tendencia persecutoria del régimen contra disidentes y críticos-, tras la reválida de la continuidad con una nación polarizada y crispada. Al fin y al cabo bastaron unos meses para que desde Los Pinos se hablara de estabilidad y excepcionales niveles aprobatorios al titular del Ejecutivo federal; y la disidencia confluyó hacia la parodia, como anillo al dedo.

Así que según Medina-Mora se subestimó la capacidad del narco. ¿Cómo y por qué? ¿Quiénes en concreto? Podría pensarse que tal fue así cuando los operadores financieros maniobraron lo suyo para ofertar una de las grandes instituciones bancarias del país, Banamex, al Citigroup estadounidense sobre el que se mantienen sobradas sospechas por haber encubierto los depósitos provenientes de los cárteles multinacionales, los contrabandistas de armas y los grandes peculados como los derivados del ominoso régimen de Carlos Salinas. A estas alturas ya no es un misterio que la mayor de las “lavanderías” de dinero sucio se desarrolló bajo las siglas de esta poderosa y todavía intocable institución. ¿A esto se refirió el ex procurador cuando insistió en que nadie midió la capacidad de los grandes “capos” para infiltrar a los organismos públicos y privados?

Un dato adicional. ¿Conocen ustedes, amables lectores, el nombre del actual presidente y director de Banamex? Se los doy: Manuel Medina-Mora, ex presidente, además, de la Asociación de Banqueros de México. Y es, por cierto, primo hermano del ex procurador que manifiesta su preocupación por haber desdeñado la potencialidad del mayor flagelo universal junto con el terrorismo cuya crecida es también consecuencia de no pocas complicidades soterradas. ¿O acaso debemos seguir ignorando que en el poderoso grupo Carlyle, gigante de las inversiones en el rubro energético, han figurado como consejeros George Bush, Tony Blair, en algún momento Osama bin Laden y hasta nuestro, muy mexicano, Luis Téllez, presidente de la Bolsa Mexicana de Valores? Todos juntos y hasta revueltos en plena eclosión de simulaciones.

Con estas cartas credenciales, las del Citigropup, las de Carlyle Group, amen de las líneas misteriosas, encerradas tras los siete candados de los resguardos públicos bajo alegatos de seguridad, sobre escándalos, crímenes y escenografías tortuosas que se presentan como accidentes, Eduardo Medina-Mora llegó a la Procuraduría.


Debate

Es curioso. En 1988, de la mano de Carlos Salinas, llegó a la PGR el jalisciense Enrique Álvarez del Castillo, quien fungió como gobernador de su entidad precisamente en la época de “boom” del narcotráfico y en especial del “Cártel de Guadalajara”, que hizo célebre Rafael Caro Quintero. Cuando más se apuntaba a esta región como factor de inestabilidad, por cuanto devino del asesinato del agente de la DEA Enrique “Kike” Camarena Salazar perpetrado por sicarios de la mencionada banda, se premia al funcionario y se le ubica en el sitio
más contaminado del Gobierno de la República.

Y en 2000, alternancia de por medio, se designa para el puesto de referencia al general Rafael Macedo de la Concha, quien había desempeñado la titularidad de la Procuraduría Militar bajo la férula del general secretario, Enrique Cervantes Aguirre, uno de los oficiales castrenses más señalados por sus presuntos, y jamás aclarados, vínculos con el narcotráfico. Hay denuncias concretas al respecto, por ejemplo del defenestrado militar Jesús Gutiérrez Rebollo, confinado desde 1997 en el penal de “alta seguridad” de Almoloya, tras haber sido cubierto de honores por su lucha contra los zares de las drogas. Pese a ello, las cosas no han pasado de allí. Lo interesante de la cuestión es que la presencia de Macedo, quien optó por pasársela muy bien al calor de sus “barbies” edecanes, noviando sin la menor discreción con soslayo de sus deberes elementales, confirmó el nivel de los compromisos y alianzas entre los oficiales de alta jerarquía y los representantes asustadizos de un régimen de derecha con muy escaso poder operativo, sobre todo por desconocimiento de funciones, mecanismos para aplicarlos y causas por resolver. La Procuraduría, entonces, ha sido, desde hace tiempo un elemento negociador de la mayor importancia, acaso para atemperar presiones. Igual ocurrió en 1994 cuando el gran simulador, Ernesto Zedillo, ofreció al PAN, en bandeja, la posición; concretamente a quien había sido su adversario en la lid electoral, Diego Fernández de Cevallos. Éste, por elemental pudor, optó por declinar la oferta y propuso una terna que incluía a Antonio Lozano Gracia, uno de sus más allegados aliados, sobre quien recayó finalmente el nombramiento si bien duraría en su empeño sólo dos años rebasado por sus sonoros traspiés y su evidente incapacidad para resolver las tramas criminales heredadas, entre ellas el magnicidio de Lomas Taurinas y el asesinato de Francisco Ruiz Massieu.
Tal ha sido la pauta y resulta, desde luego, muy significativa.


La Anécdota

Tras el Sermón de la Montaña, el mayor de los códigos de moral a través de la historia universal, el Redentor protagonizó el milagro de los panes y los peces para saciar el hambre de sus seguidores. Las cestas se convirtieron en inagotables fuentes de alimentos por más que se distribuían ante los cientos de convocados.

Por allí me dijo un observador de los comicios estatales a lo largo del año:

--El PAN, en materia de votos, evoca la figura bíblica. Las urnas, como las cestas, son inagotables proveedoras de sufragios. Y nadie conoce ni precisa su verdadero origen.

Un verdadero milagro en tiempos de sequía política.
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