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Dalia Reyes
Dalia Reyes
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19 Octubre 2016 04:00:00
Sudores
¿En qué momento el sudor es mal visto si años atrás era casi sacrosanto?
El sudor de la frente significaba honorabilidad, fuerza, determinación, honestidad y un montón de cosas más que nos hacían creer que entre más se esforzaba alguien físicamente era más valioso a la vista de Dios y más inalcanzable a la mano del Diablo.

Sangre, sudor y lágrimas no aludía, de ninguna manera, a Aleks Syntek ni sus canciones para películas, sino que refería a una magnífica concreción de haber hecho algo que realmente cuesta trabajo y no cualquier mortal lo logra. Era motivo de presunción y no de ascos.

Hoy en día, hay toda una parafernalia para evitarse los sudores ajenos, por lo menos en público y cuando ese público no tiene una relación íntima entre sí. Los gimnasios son un excelente escaparate para darse uno cuenta de lo mucho que el sudor se ha vuelto indeseable para la buena imagen y la pulcritud.

Hacer ejercicio suda las partes del cuerpo, eso es un hecho. Paradójicamente, se han desarrollado, toallas, toallitas, guantes completos, guantes horadados, protectores y mil maravillas textiles para no untar el sudor propio ni salir untado con el ajeno.

Para sentarse en un aparato de gimnasio, hay toallas rectangulares que cubren cabalmente el sitio en donde la persona posará sus calurosas partes; para tomar las asideras, existen guantes sin dedos para no mancharse de ignominia ni abochornarse demasiado.

Las cintas confeccionadas en tela de toalla han pasado a la historia: Ahora se trata de diademas hechas en materiales maravillosos que absorben sin mojarse y desodorizan sin oler. Se colocan en la frente, porque suda, en las manos, porque también, en los tobillos, las muñecas y los codos porque, supongo, habrá a quién le sude incluso el pensamiento.

A fin de cuentas es humano, como lo es también saludarse sin pudores entre amigos de gimnasio olvidándose de la asepsia y la higiene que no acaba por llevarse bien con la camaradería.

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