Jaime Rodríguez Calderón es un buen alcalde en un municipio destartalado como García. Tiene largos años en la política en su otra faceta, la de líder campesino. Tiene discurso bravo y capitaliza la fuerza y la influencia de su padrino, Abel Guerra.

Pero Jaime no tiene la menor idea sobre cómo funcionan las instituciones nacionales, particularmente el Senado, donde cree que lo espera la patria para ungirlo como futuro gobernador de Nuevo León.

El Senado es la cámara de los senectos, de los viejos experimentados. De los que sancionan las grandes decisiones nacionales y velan por la soberanía.

En su tribuna se plantean los posicionamientos de los partidos sobre los temas internacionales. Se inician leyes y se aprueban en conjunto con la Cámara de Diputados.

Es difícil imaginar a un político arrancherado, con complejo de Rambo y rodeado de escoltas, en ese ambiente sereno y de alta política que es el Senado.

Y lee mal los signos Jaime cuando se considera no sólo el senador ideal, sino el llamado prematuramente a la gubernatura del estado en el 2015.

El cargo ha sido hasta ahora para abogados, economistas, empresarios, doctores. No es posición campesina, en una entidad con más ciudad que campo.

Sería, eso sí, un buen secretario de Seguridad, valiente y entrón.

Pero las bravatas de Jaime, lo que sea de cada quien, avivan y añaden folclor al ambiente electoral.
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