Este cuento se llama “Acto de amor”. Ella le pidió a él: “Por favor, hazlo con cuidado”. Él prometió: “Seré muy cuidadoso, vida mía”. Dijo ella poco después: “No entra ¿verdad?”. Contestó él: “Está muy apretado”. Sugirió ella: “Empuja más, pero poco a poco, despacito”. “Es lo que estoy haciendo -dijo él-, pero temo lastimarte”. En efecto, de pronto se quejó ella: “¡Ay! -exclamó-. Duele”. “Perdóname, mi cielo -se disculpó él, apenado-. No quise ser tan brusco”. “Intenta otra vez -sugirió ella a pesar del dolor que sentía-. Tiene que entrar.

Empuja ahora más fuerte”. Replicó él luego de hacer un nuevo intento: “No entra, te digo. Está demasiado apretado”. Dijo ella: “Quizá deberíamos usar un lubricante”. Contestó él, algo nervioso ya: “¿Quién piensa en lubricantes en un momento como éste?”. “Tiene que entrar -insistió ella-. Haz un último intento”. “Lo haré -accedió él-, pero si te duele dímelo inmediatamente. Voy a empujar más fuerte”. “¡Ay! -gimió ella-. Espera un poco, por favor. Duele bastante”. “Es inútil, mi vida -se rinde él finalmente-. No entra. Tendremos que comprar otro anillo”...

Me jacto de ser un hombre racional y lógico, por eso creo en la suerte. Quienes la tienen mala reconocen con humildad que existe; las personas de buena suerte, en cambio, son poco modestas, y se atribuyen a sí mismas su buen éxito. Admiro, entonces, a aquella chica a quien un sacerdote amonestaba. “Tu hermana es monja -le decía, severo-; tu hermano es fraile en un convento. Tú, sin embargo, resultaste mujer de la vida galante. ¿Cómo explicas eso?”. “No sé, padre -respondió sinceramente la muchacha-. Sería mi buena suerte”. Un aforismo popular rezaba: “Suerte te dé Dios, hijo, que el saber poco te importa”.

Es cierto: Se puede ir por la vida sin saberes, pero no sin estrella favorable. Cosas muy discutibles pueden decirse del presidente Calderón. Hay una, sin embargo, incuestionable: No ha tenido buena suerte. En el curso de su sexenio han ocurrido tragedias que no sólo le han arrebatado a amigos buenos, sino que han afectado a su gobierno. El lamentable suceso en que perdió la vida su secretario de Gobernación, Francisco Blake Mora, sucedió en un momento álgido:

La víspera de la elección crucial en Michoacán, y la cercanía del arranque formal de las campañas por la Presidencia. Aunque se llegue a conocer la causa real del acontecimiento pocos aceptarán la explicación, pues el temor siembra la desconfianza, y México está poseído por el miedo. La verdad es que en este país ya nadie cree en nada.

Y es porque en este país ya todo se puede creer. Aliviaré con algunas inanes historietas la desazón que esa última frase puede haber causado en la República. Solicia Sinpitier, madura señorita soltera, caminaba por un oscuro callejón -todas las noches entraba en él, esperanzada-, cuando le salió al paso un individuo. “¡Deme su dinero!” -exigió el atracador. “¡Dinero, dinero! -exclama con disgusto la señorita Sinpitier al tiempo que le entregaba al ladrón su monedero-. ¿Nada más en eso piensan los hombres? ¿En dinero?”. En el campo nudista dos tipos veían a una linda chica.

Exclama uno con admiración: “¿Te la imaginas vestida?”. (Si Diosito hubiese querido que anduviéramos encuerados no habría permitido que hubiera muebles de ratán). Le preguntó alguien a un francés: “¿Qué prefiere usted: Una mujer o una botella de vino?”. Preguntó a su vez el galo, cauteloso: “¿Tinto o blanco?”. Le dijo Rosibel a su galán: “Compartiremos gastos. Tú pagas las copas, la cena y el motel.

El resto de la noche corre por mi cuenta”. Don Abdómeno, señor ventripotente, se topó con doña Jodoncia, su vecina, mujer que nunca pierde la ocasión de mortificar al prójimo. “¡Caramba! -le dijo ella con burlón acento-. Si esa panza estuviera en una mujer, cualquiera pensaría que estaba embarazada”. “Estuvo, señora -responde con toda calma don Abdómeno-. Y está”. (Cuando alguien haga burla de la prominencia de tu panza dile: “No es panza. Es callo sexual”). FIN.