Ya no ven la ida al súper como paseo familiar, con niños y sirvienta al lado.
Nada de dejar que todos metan alimentos y golosinas al carrito.
Saben que cuesta mucho dinero comprar apenas lo indispensable.
No caben ya las botanas del antojado e inconsciente marido.
Menos las golosinas que se les antojaban a los pequeños en los pasillos.
Gastan la quincena en una sola visita. “Y conste que no compré carne, ni lo de higiene”.
No es el mejor de los mundos posibles. Y hay millones que ni para eso.
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