Yakutsk es una ciudad de Rusia, capital de la República de Saja, en Siberia oriental. Es centro de una vasta región rica en oro y diamantes, razón por la cual los soviéticos decidieron transformar Yakutsk en un importante centro regional, primero con el sistema de trabajo forzado del Gulag, después colonizando la región con millares de voluntarios en busca de aventura, mejores salarios y la oportunidad de construir el socialismo en el hielo. Una mega-empresa, Alrosa, responsable del 20% de la oferta mundial de diamantes brutos, tiene su sede en la región. Con el tiempo Yakutsk se convirtió en una verdadera ciudad, con hoteles, cines, una ópera, universidades, entrega de pizza y hasta un zoológico.

Y es que Yakutsk es una de las ciudades más frías de la Tierra, con una temperatura media anual de -10º y sólo cinco meses por encima de 0º, de mayo a septiembre. La media de enero es de -41.1º y la de julio de 18.7º por lo que la oscilación anual es muy grande, 59.8º, de las más altas del planeta. Las máximas en julio han llegado a rebasar en alguna ocasión los 30º.

Comentan los lugareños que a 5ºC negativos el frío puede ser refrescante; a 20ºC negativos la humedad de la nariz se congela y resulta difícil no toser; a 35ºC negativos la piel expuesta queda adormecida y su necrosis es un riesgo; y a menos 45ºC hasta usar anteojos resulta complicado. El metal se pega al rostro y a las orejas arrancando pedazos de piel cuando uno decide sacárselos.

Un turista relata su experiencia: “antes de aventurarme por primera vez en las calles de Yakutsk, me encapoté con toda una valija de ropas... estoy vistiendo un par de medias de algodón con un par de medias térmicas por encima; un par de botas; bragas térmicas; unos jeans; una camiseta térmica; una camiseta de mangas largas; un suéter justo de cachemira; un abrigo deportivo; una casaca acolchada de invierno con capucha; un par de guantes finos de lana (para que yo no exponga la piel cuando tire del guante externo para sacar fotos); una bufanda de lana; y un gorro, también revestido en lana”.

A pesar de este ropaje, el turista relata: “los 13 minutos que pasé al aire libre me dejaron sin aliento... mi rostro está enrojecido; parece que acabo de volver de una semana en el Caribe. Me desplomo en la cama del hotel y preciso de media hora para volver a sentir mi cuerpo. La parte más desagradable comienza 15 minutos después, cuando las piernas, de vuelta a la temperatura habitual, sienten un calor que está siendo irradiado de adentro para afuera, y todo el cuerpo comienza a picar”.

Sin duda la capacidad de adaptación del ser humano es asombrosa; cuando pensamos que hemos llegado al límite nos damos cuenta que tenemos más recursos internos para soportar eso y más. En temas de relaciones personales, laborales, arreglos de vida, etcétera, la pregunta no es si podemos soportar las condiciones, la pregunta es: ¿queremos soportarlas?...
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