En la entrega anterior ponía a su consideración la tesis hegeliana sobre el teatro, que básicamente significa: no escenografías ilustrativas, no al diálogo infértil y circunstancial, no al público que sólo especta.

La totalidad de movimiento es la eliminación del carácter narrativo, descriptivo e ilustrativo de una escena; lo que suene a explicación complementaria, excusa de autor o prejuicio de espectador. Esto presenta al conflicto desnudo, por un lado; por el otro vemos en algo tan simple como un gesto, lo superfluo y lo profundo de la escena. Esa profusión silenciosa de significaciones sólo aparece en la acción y sólo advertimos su sobrecogedora energía en el espacio.

Este paradigma teatral, entre muchos otros, creo, tiene sus caminos y su teoría. Quizá esté equivocado en mis impresiones, pero sé que tras ver “Réquiem de Cuerpo Presente para Alonso Quijano”, de Alberto Villarreal, se me ofrecieron ideas como la anterior, producto de la invitación que la obra extiende para pensar el teatro.

En dicha obra el espectador es un asistente en el servicio funerario de Don Quijote, en el que los personajes presentes, liberados de la carga que supone la locura ajena —la del Quijote, ya muerto— se entregan a sus propias locuras, mucho más mundanas éstas, a kilómetros de distancia del romanticismo quijotesco y el “Sueño Imposible”.

La obra es un ensayo sobre el libro de Cervantes, una lectura personal del dramaturgo (también director) expresada en la acción dramática. Además de la acción en escena, la totalidad proviene de la acción que a nivel de pensamiento logra la puesta en la mente de los lectores. Finalmente de eso se trata el ensayo.

Otro elemento interesante de la puesta era esa contraposición entre la vitalidad de la acción y sus múltiples recursos, frente a una producción mínima: en escena sólo hay tres actores, un lecho y una soga. Es expresar lo más con lo menos, la idea de que gran producción y mucha inversión no son sinónimos de buen teatro.

En ese ámbito, destaca el trabajo de Richard Viqueira, en obras donde los elementos escenográficos son mínimos y donde gran parte de la acción tiene que ver con el cuerpo. Así en las audacias de su celebrada “Vencer al Sensei Turbo” o en la adaptación de una obra que le conocí en un encuentro del Fonca, donde dos hombres dialogaban por medio de unos auriculares telefónicos conectados por el mismo cable. En el cable, gracias a ingeniosos movimientos, se expresaban los encuentros y desencuentros de los hablantes. Otro rasgo característico de Viqueira es el humor, manifiesto también en el cuerpo y en secuencias donde el armado es muchas veces cercano al absurdo.

En eso le acompaña Verónica Bujeiro, en cuyos diálogos y en su oferta visual hay una suerte de humor que se vuelve después intolerable de tan crudo y terrible, acentuado por el comportamiento infrahumano de sus criaturas, que muchas veces recuerdan a las de Beckett. Esto al menos en “La Inocencia de las Bestias”, obra también celebrada, donde se manifiestan otras dos aficiones de Bujerio: su trabajo en la plástica y su reflexión filosófica.

La colección Teatro Emergente de la editorial El Milagro publica a estos tres prodigios de la escena nacional, prodigios que al hacer un teatro cada vez menos convencional, creo, están llegando a la expresión más auténtica del mismo. Verlos es alucinante. Leerlos es fabular: ¿cómo cabría esta rareza de texto en un escenario? Ahí está el juego.
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