En este tiempo en el que inician las posadas, el mismo ambiente nos indica que debemos sentirnos alegres y felices. Pero como seguimos teniendo los mismos problemas y no hay actos mágicos que nos permitan dejarlos afuera de nosotros mismos y nos impiden lograr esa alegría, para ayudar a que venga la felicidad, tomamos alcohol. Estos son las fechas en los que el consumo se vuelve tan excesivo, que la cantidad que alguien toma en un mes la puede consumir en unos cuantos días. Tan es así, que el Consejo Nacional contra las Adicciones advierte que el consumo de alcohol aumenta más del 30% en esta temporada, lo que ocasiona serios problemas de salud, sociales y familiares.

Tomamos alcohol porque el alcohol es euforizante, y la euforia es una emoción muy parecida a la alegría. No tiene nada de malo sentirse eufórico, salvo que esa sensación se desvanece rápido y para conservarla hay que seguir tomando. Pero es muy fácil pasarse del límite. Pasando el límite ya no somos conscientes de que perdimos la posibilidad de manejar hábilmente, porque el alcohol no sólo entorpece los reflejos, sino que nos inhibe facultades intelectuales; una de ellas es el juicio crítico, necesario para hacer decisiones acertadas. Sin él, perdemos la perspectiva del peligro. Aceleramos el automóvil por la euforia y tenemos los reflejos muy disminuidos. Vamos más rápido aun cuando tenemos los reflejos más lentos.

La persona que no puede disfrutar una fiesta sin tomar bebidas alcohólicas es porque ha establecido una relación de dependencia con un objeto mágico, que ocasiona la pérdida del control de la voluntad y del cual acaba convirtiéndose en esclavo. Ha decidido sentirse feliz a costa de lo que sea, pues ha dejado a un lado la felicidad de los demás para buscar la propia, y ha cerrado los ojos al dolor de los suyos para buscar su propio placer egoísta. Porque tiene vacíos internos que no le permiten estar satisfecho consigo mismo, ha decidido llenarlos con una sustancia que le promete placer y, lo que es peor, que se lo cumple.

Las personas que requieren de ese objeto mágico llamado alcohol para lograr su satisfacción personal, la alegría rápida, no son conscientes de que pueden hacer sufrir y destruir lo más querido, hasta pueden matar y en un sacrificio total, ofrecer su vida para tratar de conseguir una satisfacción que se les escapará de las manos al día siguiente. Y lo peor es que entre más se acercan al placer que esperan, menos lo gozan, puesto que entre más se bebe, menos se siente. El que se alcoholiza sacrifica sus cualidades personales para poder disfrutar sólo en el momento. Acepta disminuir su memoria, su capacidad de abstracción, su atención, sus habilidades psicomotoras, sus tiempos de reacción, su capacidad de procesamiento espacial y sus habilidades verbales en un trueque con el placer inmediato que le proporciona la bebida.

El Alcohol es la única droga fuerte, capaz de distorsionar la conciencia, cuyo consumo es legal. Gusta por las sensaciones placenteras que proporciona al inicio de su ingesta, y esto ha propiciado que consumir bebidas alcohólicas sea tan frecuente, que más del 40% de los adultos son ya consumidores habituales, con daños severos en su salud. Pero si aquel que depende de la bebida dejara de tomar y permaneciera sobrio más de 6 meses, recuperaría la mayor parte de sus funciones cerebrales, a pesar de que tuviese años de bebida excesiva, según una investigación, realizada por un científico californiano, George Fein, en el 2005, lo que nos indica que nunca es tarde para dejar de beber y nos afirma que es bien cierto que en este mundo todo tiene remedio, menos la muerte.

Los adultos debemos considerar con más seriedad el consejo que les damos a los jóvenes sobre el Conductor Designado. Más de 200 mil muertos al año hay en nuestro país por los efectos del alcohol: 22 muertes por hora. En el tiempo que usted lee esta nota, el alcohol ya ha cobrado alrededor de 7 víctimas mortales de ese coctel de muerte que se da cuando se mezcla el alcohol con el volante. ¿Por qué no hacer caso del consejo “Si toma no maneje, si maneja no tome”? Recuerde que es muy cierto que la verdadera felicidad no depende del alcohol, sino del modo como formamos nuestra vida interior y enfrentamos al mundo.
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