Incluso en el retiro, las grandes figuras que emergieron de la “bola” y sus derivados mantuvieron influencias y tribunas para marcar destinos reacomodándose dentro de las estructuras del mando. Una suerte de chantaje que alcanzó su cúspide durante el maximato callista y se trasladó a Los Pinos en cuanto el general Lázaro Cárdenas no sólo inauguró la residencia oficial sino aseguró la preeminencia de la institución presidencial.
A partir de entonces, no hubo más caciques, como alguna vez lo señaló el hidalguense Manuel Sánchez Vite a Luis Echeverría, que el de la casona alba de Chapultepec.
Sirva el repaso para introducirnos, de lleno, a la nueva moción del régimen federal en curso, mismo que reconoce la imposibilidad de ganarle la guerra a los grandes capos en el reducido lapso restante del periodo sexenal, sobre la importancia de legislar sobre la reelección directa de legisladores y alcaldes con basamento en la experiencia: esto es, se asegura que, por lo reducido de los lapsos –tres años para los diputados y presidentes municipales y seis para los senadores-, quienes ocupan los cargos aprenden a ejercerlos cuando ya están por entregarlos. La observación de la realidad, por desgracia, confirma el aserto.
De hecho, no son pocos los ex parlamentarios que admiten, sin el menor agobio, haber aprendido a redactar un dictamen y proceder en consecuencia hasta su segundo periodo legislativo, esto es si logran pasar de la Cámara baja hacia la alta o regresan a alguna de éstas luego de un periodo. Sólo entonces, con las academias acumuladas, suelen ser útiles en cuanto a legislar.
Igualmente, llegando a los extremos, hay quienes consideran que para acceder a los Congresos, sea el de la Unión o los estatales, es menester tener conocimientos firmes sobre el derecho, en general pero sobre todo el procesal, para siquiera comprender y asimilar los distintos vericuetos derivados de sus funciones. En esta línea, entonces, también sería necesario contar con formación de matemáticos (as), para intentar dar seguimiento a los repartos plurimoninales, con todo y los “restos”, mediando los porcentajes de votación.
Porque, sin duda, cada que llega la hora de dirimir las controversias electorales, el manejo de las cifras define incluso la relevancia de los grupos parlamentarios.
En materia de alcaldes el planteamiento es distinto y conlleva una advertencia mayor. Las reelecciones directas –en la actualidad sólo pueden repetir quienes dejan pasar un periodo completo, cuando menos-, podrían ser detonantes para un nuevo encumbramiento de los cacicazgos aldeanos en un ámbito de alto riesgo para el país y en el que, como puede corroborarse a simple vista, las mafias presionan y en ocasiones determinan la orientación y definición de los ciclos.
Con un mandamás regional, sin la limitante de cesar en tres años, sería mucho más sencillo, claro, asegurar los acuerdos soterrados, obviamente viciados por los nexos inconfesables. ¡Si ya ahora un buen porcentaje de los ayuntamientos está hondamente infiltrado!
Tal sería, además, el primer paso para después posibilitar la reelección directa de los gobernadores y, ¿por qué no?, la del presidente de la República. En el primer caso ya se ha experimentado –en Yucatán, inicialmente-, al convertirse un mandatario interino o substituto en constitucional dejando pasar seis años entre un encargo y otro. Con ello, claro, se abrió la puerta al deplorable cacicazgo cerverista que no se extinguió con la muerte de Víctor Cervera Pacheco en 2004 sino tomó nuevo aire al instalarse en el Palacio de Gobierno la más avispada de sus sobrinas, Ivonne Ortega Pacheco, la actual gobernadora. A estas desviaciones inmensas llevan las omisiones y las medias mentiras, tan frecuentes entre la clase política nacional.
Las motivaciones, en la materia, no suelen estar originadas en el imperativo de actualizar métodos y condiciones democráticas a la tendencia universal sino, más bien, son impulsos de ambiciones oscuras, evidentemente ocultas, con las que suelen armarse las mayores complicidades. De allí los reacomodos de cómplices y socios dentro de la estructura gubernamental al inicio de cada nuevo sexenio, incluyendo la alternancia en 2000 cuando tanto se habló de cambio para terminar con un finiquito de exaltada continuidad contra todos los “peligros” imaginables. Esto es como si la democracia sólo fuera apretado privilegio de una pequeña elite de la derecha.
El mayor secreto de la clase política en boga estriba en el disimulo efectivo de principios para mantener tras bambalinas los más aviesos intereses. Y como, para colmo, no sabe gobernar, todo lo demás es consecuencia.
Debate
El virus de la redención, que pulula sobre la espaciosa residencia oficial con inclusión de las cabañitas del final del sendero, suele causar estragos en los mandatarios acostumbrados a no recibir jamás una negativa por parte de sus estrechos colaboradores.
Así, desde que en 1946 se dio el paso hacia los gobiernos comandados por civiles, reduciéndose a los mandos castrenses a los cuarteles sin posibilidad de actuar en política salvo si se separan de sus investiduras originales, perviven las tentaciones de permanencia, frecuentemente exaltadas por la renovación de los gorilatos sudamericanos y la vuelta incesante de mandatarios que, con el uso de mecanismos de corte transnacional, vuelven a situarse en la dirección de sus respectivas naciones. En este punto pareciera, claro, que México va rezagado... cuando es todo lo contrario.
La sabiduría del Constituyente, que hizo suyo el clamor contra la “no reelección”, todavía adolorida la nación por la larga autocracia porfirista, canceló los sueños de eternidad de las figuras relevantes. Y, desde entonces, ya se sabe que, a trueque del honor inmenso de llevar la banda tricolor sobre el pecho –se ejerzan o no a plenitud las funciones inherentes al mayor cargo ejecutivo del país-, la perentoriedad del lapso faculta no sólo a la renovación cíclica sino a la cancelación de los sueños mesiánicos que tanto nos han dañado... incluso a pesar de la limitación apuntada.
Sin este candado, no me cabe la menor duda, las reelecciones presidenciales habrían iniciado con el alemanismo y no habrían parado. Porque, sin duda, los representantes del corporativismo mexicano, siempre excepcionalmente acomodados, han sido promotores de las permanencias de cuantos mandatarios les han favorecido. Hoy, por ejemplo, acaso a la poderosa e inescrutable Elba Esther, ya le pasa por la mente –allí en donde la influenza se convierte en influencia-, la posibilidad de entusiasmar al huésped perentorio de la residencia oficial para que, dada la emergencia nacional, prolongara su estadía para evitar un nuevo vacío después de unos comicios turbulentos o irrealizables.
Los ingredientes están dados. Y, desde luego, nada mejor que comenzar a integrarlos con el sambenito de asegurar los términos felices sobre una nueva concepción de las carreras parlamentarias. Nada es como parece a simple vista en el horizonte de las manipulaciones colectivas.
La Anécdota
Porfirio Díaz y su compadre Manuel González, quien habría de cubrir un periodo presidencial –entre 1880 y 1884- manteniendo la férula del veterano vencedor de los franceses en Puebla –la gloria no sólo fue del general Ignacio Zaragoza-, solían departir con frecuencia. En una ocasión, en la heredad de don Manuel, el general Díaz le dijo:
--Mira, la verdad, yo no tengo ninguna intención de perpetuarme en el poder...Don Manuel, enseguida, corrió hacia las ventanas y anudó las cortinas para otear hacia el horizonte.
--Pero, ¿qué haces compadre? –indagó el dictador-.
--Estoy tratando de encontrar a un solo tarugo que te lo crea.
Don Porfirio, claro, optó por sonreír.
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