Un poco más huérfanos.
El largo adiós
Primero se fue Saramago, ese viejo de voz dulce al que la Iglesia condenó al infierno. Un día después, Armando Sánchez Quintanilla, director de Bibliotecas de Coahuila, uno de los más entusiastas y dinámicos promotores culturales que se pudieron ver en los últimos años.
Sin la fuerza motriz del gran admirador de Gabo, la Feria del Libro de Saltillo se quedó un poco huérfana.
Al día siguiente de ese fin de semana terrible, se fue también Carlos Monsiváis. Ese peatón multifacético del cual decía el exquisito Paz que “no tenía ideas, sino ocurrencias”. Era como si un viento negro soplara sobre todas las velas.
Podar las lenguas
Pero la cosa no paró ahí. Apenas semanas antes se había ido don Gabriel Vargas, creador de “La Familia Burrón”, todos lo lloraron en el Callejón del Cuajo.
Después de Monsi, el Día de la Independencia gringa, don Armando Jiménez, otro sabio de a pie, autor de la “Picardía Mexicana”, el libro que según Alfonso Reyes, él había soñado con escribir. Una fiesta del lenguaje que en sus diversas ediciones estuvo prologada por apóstoles y bandidos de todas las tendencias: desde el obscenísimo y monárquico Camilo José Cela, el erudito Octavio Paz, el socialista Neruda, o el santón realista mágico Gabriel García Márquez. Un libro con 143 ediciones y más de 4 millones de ejemplares vendidos desde su aparición, a finales de la década de los 50.
La tempestad
Y la guadaña prosiguió su tarea, como afilada por el canto del agua.
En Torreón murió un autor fundamental de las letras coahuilenses. Francisco José Amparán.
Escritor polifacético y controvertido, legó una obra abundante, siendo uno de los primeros autores regionales en incursionar en el género policiaco.
No sé por qué lo recuerdo ahora por uno de sus cuentos más anómalos. El año del Lemming: una pareja al borde, y una epidemia de animales que sin razón aparente, se arrojan en manadas al mar.
Quizás otros labios
De niño Juan Hernández Luna quería ser portero del Cruz Azul.
Terminó siendo narrador policiaco.
Ganador del desaparecido concurso Puebla de Cuento, prófugo de empleos infames, el autor de “Yodo” acabó siendo uno de los grandes narradores del género.
Su amigo Paco Taibo II lo había calificado como “el más duro, el mejor, el relevo en la novela negra mexicana”.
Hernández Luna había sido el único autor nacional en ganar en dos ocasiones el Premio Internacional de Novela Dashiell Hammett con el cuasi desconocido clásico de novela policiaca-histórica “Tabaco para el Puma” y hace un par de años con “Cadáver de Ciudad”.
Apenas hace algunos años, como funcionario cultural de la Ciudad de México, había instaurado un programa de lecturas para policías.
Es extraño pensar que apenas el año pasado Armando Sánchez Quintanilla , Francisco Amparán y Hernández Luna convivían juntos en la Feria del Libro de Saltillo, y ahora no estarán jamás.
Bardo de las bardas
“Me consuela el asunto de tener amigos generosos, disponer de mi tiempo, despertarme a medio día, ir y venir, escribir hijos, plantar libros, criar árboles”.
Juan Hernández Luna
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