Inventor de tradiciones: nada de lo que aparece en su obra (el universo de Toledo) había existido antes, ni las leyendas específicas, ni el animismo cachondo en su interminable ars combinatoria, ni la sexualización de las imágenes que no perturba la sensualidad de la forma; todo, también, viene ya de lejos, y visto en la infancia, en la adolescencia y la juventud, que Toledo somete a las otras palabras del color y del trazo y de la textura: las consejas y leyendas del istmo de Tehuantepec, la visión de Oaxaca como el viaje al fondo de la experiencia que se inicia en un coito o en una matanza, los relatos que la atención de las generaciones esencializa (y por lo mismo desvirtúa), los mitos en la pasarela que porta creaciones exclusivas de la fantasía. Y a la materia prima, cuyo nombre es Toledo, se le agrega un vasto conocimiento pictórico, los años en Europa y Estados Unidos, el aprecio por los artistas radicales y por la experimentación, todo lo que también se llama Toledo.
Preguntas contiguas: ¿cuál es el vínculo entre una tarea pictórica y la cultura oral? ¿Es el argumento de los orígenes un relato de las formas sexuales? ¿Existe algo parecido a la “pintura oral”? Con frecuencia, la trampa de Toledo es su decisión fabuladora, que genera hechos artísticos que son también narraciones capturadas en instantes de quietud o de exaltación. ¿Qué hacer?
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En la obra de Toledo lo antropomórfico y lo zoomórfico son parte de la misma operación que la adjudica a principios y fines los sitios precisos y mudables de la imaginación. Sí, ya estamos al tanto: las anécdotas son prescindibles y si todo artista excepcional se afilia a un número de soluciones o de temas, es con tal de aclararse (de seguir aclarándose) ideas y visiones del color y la forma. “En el mar de los ojos hay plantíos / de peces luminosos...” escribió Carlos Pellicer y Toledo encuentra por doquier plantíos de peces, de serpientes, de tortugas. Afirma Luis Cardoza y Aragón: “Toledo no requiere revisar su estirpe. No ha puesto los ojos en ella, la lleva dentro; ni en París o Nueva York, antes bien en la pintura misma. El río real de la infancia es la memoria”.
Toledo se diversifica con tal de garantizar la continuidad de su especie, tan única. De pronto, irrumpen nuevos temas: la domesticidad (la mujer ante la máquina de coser), la lucha libre a la que tal vez llega por las suplantaciones de la apariencia (una máscara es un rostro que huyó a la superficie) y, en una serie que no lleva trazas de concluir, la figura de Benito Juárez, algo distinto a la celebración del prócer oaxaqueño de la Reforma Liberal que, insiste Toledo, maltrató a Juchitán. De acuerdo a Toledo, la Historia multiplica a tal punto el semblante de Juárez que lo convierte en costumbre y lo siembra en las cocinas, a la orilla de los ríos, en las tarjetas postales, en los alrededores de los monumentos, en las camas revueltas, en la pista de patinaje, en las asambleas de los bestiarios. La gran figura se vuelve el testigo del mundo que lo decapita sin cesar, y la fuerza del héroe radica en su condición ubicua. En la selva del instante las iguanas y los conejos copulan mientras Juárez persigue con flechas al apotegma. Pero también, insisto, Toledo no es sólo el fabulador sino el artista atento a lo no narrativo, así por ejemplo sus acercamientos a la flora, sus captaciones del reino vegetal, la finura, la precisión.
En las abstracciones o en las vibraciones como de ala de mosca, Toledo es también el artista que identifica Naturaleza y forma.
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