- Seis meses, profesor.
- ¿De trabajos forzados? Es un castigo ridículo.
- Pues los pobres norcoreanos que serán sentenciados a este castigo, no creen en ridiculeces. Más bien van a sentir injusticia.
- Dije ridículo por señalar que es absurdo que a la gente la sentencien a cárcel y trabajos forzados sólo porque no lloró.
- Tiene usted razón. El castigo es injusto, pero el motivo es ridículo.
- Y además de trabajar “a fuerza”, ¿qué otra cosa van a hacer en esos campos de reclusión?
- Los van a adoctrinar para que aprendan a amar a sus líderes y a llorar cuando se mueran.
- Ah caray. ¿Hay que amar a los que los mantienen amolados, sin futuro, racionados en comida y libertades?
- En efecto. Pero no se espante, profesor. Eso es allá en Corea del Norte. Aquí es muy diferente. Aquí hay democracia, hay futuro, bienestar para todo mundo, justicia, educación,
seguridad y muuuuchas libertades.
- Hombre, se diría que está hablando de otro país y no de México.
- Bueno, por lo menos aquí si se muere Felipe Calderón y la gente no llora, no la van a meter en la cárcel ni le van a dar adoctrinamiento para que lo ame.
- Yo me pregunto: ¿por qué la gente debe llorar a fuerzas porque se muere un mandatario?
- Bueno, eso forma parte de tradiciones ajenas a nuestra idiosincrasia. En Corea y otros países, digamos, exóticos, hay esas costumbres. En Egipto, en la antigüedad, cuando el
faraón moría, los egipcios se llenaban la cabeza de ceniza, se rasgaban las vestiduras y lloraban por la calle. Por eso ahora que murió el líder coreano, a la gente que no lloró o no lloró
lo suficiente o con sinceridad, lo van a castigar.
- Pues se diría que aquí hay la misma costumbre. Cuando va usted circulando en su carro, puede ver en los camellones a un montón de gente con la cabeza llena de ceniza o de
smog, que para el caso es lo mismo, con las vestiduras rasgadas y llorando. Si por la contaminación, por hambre.
- Sí, pero no por luto, profesor.
- Aquí parece al revés. Cuando el presidente dice alguna cosa por más que no tenga importancia, sus lambiscones rompen en aplausos.
- Es verdad. Ernesto Zedillo tenía la costumbre de decir cosas que a él le parecían chistosas, pero de las que no se reían ni las hienas de Chapultepec.
- Imagínese usted que a Felipe le diera por sentirse gracioso.
- Dios nos libre. Tendríamos qué reírnos de sus chistosadas.
- ¿Y al que no?
- Seis meses de adoctrinamiento escuchando casetes de Polo Polo para aprender a soltar la risa. Afortunadamente eso nunca va a pasar en México, porque aquí la gente ríe con Felipe
Calderón.
- ¿De verdad?
- Claro. Cada vez que dice “vamos ganando la guerra al crimen organizado”, “hemos generado más empleos que nunca”, “las familias mexicanas tienen para vivir con dignidad” y todas
esas cosas, es imposible permanecer sin soltar la carcajada.
| Comparte ese artículo: |
|



