* Vienen tiempos todavía más difíciles

Coahuila no vivía una situación como la actual en su historia moderna, derivada no solo de la deuda pública, cuyos efectos sociales y financieros serán proporcionales –los políticos se conocerán en las elecciones generales del año próximo, según juzgue la ciudadanía el costo-beneficio del pasivo–, sino también por la continuación de un apellido en el poder. Las circunstancias obligan al gobernador Rubén Moreira y a su equipo a ofrecer resultados inmediatos en temas igualmente sensibles: bienestar, seguridad y empleo. Ayer se comprometió a que lo haría. Para ello anunció una nueva constitución y convocó a la sociedad a participar en su diseño.

El inicio de cada administración siempre es promisorio. Sin embargo, la que recién empieza lo hace lastrada por una deuda de casi 36 mil millones de pesos. También por los cuestionamientos sobre su licitud y su destino. La sociedad acepta que Rubén Moreira no es el responsable de la hipoteca, pero sí su hermano. Los recursos lucieron en el quinquenio del actual líder del PRI, pero será al nuevo gobierno y a los tres que le sucedan a quienes corresponderá pagarla, con dinero de los coahuilenses y seguramente, también, con privaciones.

Si la deuda le generó al estado “más beneficios que en los últimos 40 años”, según argumentó el gobierno saliente, en enero empezará una resaca cuya duración será de más de 20 años. Vienen tiempos todavía más difíciles, pues reclamarán orden, austeridad y sacrificio. El malestar social no es ficticio ni gratuito. Su expresión no debe medirse por la cantidad de personas que se manifiestan en las sedes del poder, pues tal apreciación conduciría a juicios erróneos, simplistas, y en consecuencia riesgosos, sino por el sentimiento general de engaño y por los efectos de la deuda en el bienestar de legiones de coahuilenses.

Los indignados se han manifestado hasta hoy de manera pacífica, aun cuando les hayan cerrado las puertas del Congreso. Para ampliar su movimiento y no perder autoridad, deben excluir cualquier método violento. El estado, a su vez, necesita, como lo ofreció Rubén Moreira, escucharlos, respetarlos y atender las demandas asequibles y legítimas. Peor sería, para el propio gobierno incluso, que una deuda de tal magnitud, de la cual no se informó según se contrató y ejerció, no provocara reacciones. Pues entonces seríamos un pueblo de autómatas. En este, como en otros casos, es preciso liberar presión para evitar estallidos.

Humberto y Rubén Moreira son hermanos, mas no la misma persona. Si al primero le tocaron las fiestas, el boato y la época de vacas gordas –a base de altas dosis de clembuterol crediticio, algunas suministradas por funcionarios estatales, federales y bancarios coludidos–, al segundo le corresponderá pagar facturas, tomar decisiones impopulares, como ya lo adelantó –por la deuda y el alza de impuestos– e imponer disciplina en el gobierno y el estado.

Si así lo plantea es porque conoce, mejor que nadie, el peso de la responsabilidad que lleva a cuestas y las condiciones adversas –en las antípodas de un sexenio a otro– en que asumió el poder. En la medida que la sociedad observe un gobierno abierto, ordenado, eficaz y congruente con la nueva realidad del estado, se identificará con él y empezará a verlo con otros ojos. Porque todo el mundo desea que le vaya bien, Coahuila no puede darse el lujo de retroceder, de permanecer callado ni de dejar de exigir justicia y cuentas claras.

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